Medicina para el alma

No son los kilómetros. Tampoco son los paisajes. Ni los lugares a los que uno llega y mal visita cuando viaja en moto. Es la experiencia, son las conversaciones con los compañeros de viaje y con uno mismo, bajo el casco, sobre la moto, en medio de un mantra trascendente de ruido y gasolina.

El cuentakilómetros refleja 585 kilómetros en la puerta de casa. Han sido algunos más, pues el contador se puso a cero en el primer repostaje, en la gasolinera de las Cuartillas, cerca de Santiponce, tras el desayuno en nuestro bar de cabecera para estos menesteres, el Terracota. Vanesa cada día está más guapa.

Martín nos acompañó en el desayuno y hasta Aracena. Este fin de semana no podía venirse con nosotros toda la ruta, y ya le hubiera gustado. Como a Umberto, Toni, Abraham, Carlos y Juan, que se han quedado con las ganas. Pero habrá más ocasiones.

No son los kilómetros. Tampoco son los paisajes. Ni los lugares a los que uno llega y mal visita cuando viaja en moto. Es la experiencia, son las conversaciones con los compañeros de viaje y con uno mismo, bajo el casco, sobre la moto, en medio de un mantra trascendente de ruido y gasolina. Uno no cambia por hacer un viaje en moto. A donde sea. Cuando sea. Como sea. Pero tampoco sigue siendo exactamente el mismo al regreso.

Nos ponemos en marcha

Desayuno a las 9.00, salida a la 9.30 (aproximadamente) y parada en las Cuartillas para echar gasolina y revisar la presión de los neumáticos. Volvemos a pararnos en Aracena, para despedirnos de Martín, que tenía que regresar. Andrés y un servidor continuamos en dirección a Portugal, sin un rumbo predeterminado, abiertos a lo que surgiera. Yo quería volver a Monsaraz, él quería visitar la presa de Alqueva.

Un árbol engullido por el agua del Guadiana represada en Alqueva.
Un árbol engullido por el agua del Guadiana represada en Alqueva.

Mientras circulábamos en busca de Rosal de la Frontera para atravesar hacia Portugal pensaba en lo que nos perdemos cuando, en nuestras escapadas dominicales, damos la vuelta en Aracena y recorremos el mismo camino para regresar a casa.

Si sigues adelante cruzas por Galaroza, dejas atrás Jabugo, atraviesas El Repilado y Cortegana (ni siquiera te detienes, pero ya quieres volver) y te vas acercando hasta Rosal de la Frontera. Antes de cruzar, de nuevo repostas, da igual si lo necesitas o no, pero atraviesas a Portugal con el tanque lleno. Nos asombra el buen consumo de las motos. 150 kilómetros desde las Cuartillas y apenas entran unos seis litros de combustible. ¡Qué diferencia de rodar por esas carreteras a 80 o 90 kilómetros por hora a hacerlo por autovía a 110 o 120 kilómetros!

El tiempo seco y soleado, la carretera en muy buen estado en general, con algún tramo de firme pendiente de repasar, pero con un trazado de curvas amplias y un paisaje en el que se mezcla la dehesa con la montaña ciertamente espectacular. La entrada en Portugal, donde nos desviamos de la nacional por una carreterilla local de curvas sinuosas y flores blancas, parecía llevarnos por otro planeta.

Gasolina y agua

De los casi 600 kilómetros recorridos en esta escapada, sólo los obligados para salir y entrar en Sevilla han sido por autovía. Ni un kilómetro más. En Portugal, la gasolina está 50 céntimos más cara que en España, aproximadamente un 30% más. Y sólo hemos tomado por carreteras de doble sentido. Todos son ventajas: paisajes de una belleza extrema, poco tráfico, menor consumo, viseras levantadas y el aire en la cara…

El embalse de Alqueva, que retiene agua del río Guadiana en pleno corazón del Alentejo, es el mayor embalse de Europa Occidental. Ocupa una extensión de 250 kilómetros cuadrados (33 de ellos en la provincia de Badajoz) y tiene capacidad para almacenar 4.150 hectómetros cúbicos, algo así como el consumo de Lisboa durante cuarenta años.

Detalle de una casa en la villa Monsaraz convertida en tienda de productos alentejanos.
Detalle de una casa en la villa Monsaraz convertida en tienda de productos alentejanos.

Aunque su finalidad es, básicamente, la producción de energía eléctrica y el regadío, también acoge actividades recreativas vinculadas con la navegación y las playas de agua dulce que se han creado con su apertura en pleno siglo XXI.

Vistas a la eternidad

Sobre la presa, un enorme rótulo en inglés con el título de la canción que daba nombre al musical de Broadway que Barbra Streisand llevó al cine en 1970, “On a Clear Day You Can See Forever” (“En un día despejado se puede ver para siempre”), invita a perder la vista tratando de buscar la cola del pantano, 93 kilómetros más al norte. Y un monolito marca las distancias y la dirección de distintos lugares destacados del Alentejo: Mértola, 110 kilómetros; Barrancos, 62; Grândola, 120; Mora, 18 kilómetros; Reguengos de Monsaraz, 37 kilómetros… Y allí nos fuimos a comer.

Comimos en Reguengos de Monsaraz, una ciudad del siglo XIX, que se convirtió en capital de la comarca cuando la villa medieval de Monsaraz se quedó pequeña. A ella fuimos después de comer. Las motos quedaron aparcadas extramuros, a la sombra de las murallas del castillo. Monsaraz es una ciudad pintoresca dentro de un castillo, que tiene otro castillo dentro, lo que llaman el Fuerte, lugar en el que se erigen las torres más altas de este castillo de frontera, desde donde se alcanza a ver un horizonte muy lejano en 360 grados.

Desde allí se observa buena parte del embalse de Alqueva, incluido el Ponte de Xerez de Baixo, que tomamos el domingo a la vuelta para ir desde Reguengos de Monsaraz a Villanueva del Fresno, en Badajoz, donde retomamos el camino de regreso a casa. Y desde el puente también se ven, allá en lo alto, Monsaraz y su castillo.

La iglesia principal de Monsaraz, vista desde el interior del Fuerte.
La iglesia principal de Monsaraz, vista desde el interior del Fuerte.

Noche en Évora

En Monsaraz tuvimos que tomar una decisión. ¿Apretábamos un poco para llegar a Lisboa, sabiendo que al día siguiente teníamos que regresar a casa? ¿O nos quedábamos esa noche un poco más cerca? Decidimos buscar alojamiento en Évora, otra hermosa ciudad alentejana, capital de la región, una ciudad que atesora una larga y potente historia. Évora conserva restos que se remontan a la época del imperio romano, como su inmenso acueducto o el portentoso templo de Diana, que se levanta en el punto más alto de la ciudad, junto a la Catedral, pero desde muchos siglos antes que ésta.

Justo allí, junto a la Catedral y el templo de Diana, dejamos las motos aparcadas hasta el momento de marcharnos al día siguiente. El hostal estaba muy cerca, no sé si a cincuenta o a cien metros, pero no más, muy bien ubicado en el centro de la ciudad, aunque no era posible llegar hasta él con las motos.

Ducha, media hora de reposo, y a la calle, a disfrutar de un paseo por Évora, de sus piedras, de sus vistas, de su gente, de su cerveza… Évora es una ciudad universitaria y turística, con todo el encanto de las ciudades de Portugal, pero sin el bullicio desordenado de la capital, Lisboa, o de las playas del Algarve en pleno verano. A mí me encanta.

En Évora, cerveza en mano y brindando por la vida, con las motos aparcadas.
En Évora, cerveza en mano y brindando por la vida, con las motos aparcadas.

El trato con la gente

En el restaurante donde cenamos nos atendió una chica ecuatoriana (yo la llamaré Violeta), que nos ganó por su simpatía. Natalia, la chica que estaba ese día encargada del hostal, también fue muy simpática y servicial, y ello evitó una mala reseña en Booking (en verdad nunca pensé en ponerla). Algunos de los problemas que nos encontramos al llegar se solucionaron (los que tenían solución) y su actitud ayudó a sobrellevar el resto. Íbamos a estar apenas unas horas y las íbamos a pasar durmiendo. Y el sitio era céntrico y tranquilo.

Como el restaurante donde comimos. Céntrico y tranquilo, en el extremo de una calle bulliciosa. Violeta nos recomendó lo que a ella le gustaba, no lo más caro, y eso es de agradecer. Al otro extremo, algunos portugueses seguían la final de la Copa del Rey entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad. Asomarnos para ver cómo iba el partido nos sirvió para localizar el bar en el que terminamos la noche entre copas de bourbon y música de calidad con un sonido de mierda.

La ciudad se levanta tarde

Évora se nos ofrece un poco fantasmagórica por la mañana. Despierto desde antes de las 6.30 en Portugal (que en España son las 7.30), los malos hábitos que uno termina incorporando a su rutina, me asomo a la ventana y no se ve ni se oye a nadie. Tampoco a las 8.00. Ni a las 9.00 de la mañana. Pero a esa hora ya nos ponemos en ruta.

Volvemos sobre nuestros pasos hasta Reguengos de Monsaraz, donde desayunamos lo que podemos. Y continuamos hacia España, esta vez, en dirección a Badajoz, con el rabillo del ojo pendiente del depósito de gasolina, intentando llegar a España antes de entrar en reserva, para evitar tener que pagar a más de dos euros cada litro de gasolina. Lo conseguimos. Ya he mencionado que las motos se han portado como unas campeonas todo el fin de semana.

¡Qué hermoso el regreso por el Ponte de Xerez de Baixo y todo el camino por la Raya en Extremadura! Llegamos hasta Fregenal de la Sierra atravesando dehesas y desde allí buscamos la N-630, con idea de encontrarnos con alguno de los Pipiolos en Santa Olalla del Cala, donde paramos para avituallamiento con jamón de verdad (nada de presunto) y nos emplazamos a otra próxima escapada, con quien quiera (y pueda) apuntarse. Estos paréntesis que uno se regala de vez en cuando son medicina para el alma.

Los motoristas, a punto de cruzar hacia España ya de regreso.
Los motoristas, a punto de cruzar hacia España ya de regreso.
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