Buenas tardes. Gracias a todos por estar aquí, sobre todo pudiendo estar en cualquier otro sitio, y más aun tratándose de un viernes por la tarde, de Sevilla en primavera…
Gracias, Quino… A Quino todos lo conocéis como Joaquín J. Salas Liñán, que es como firma el libro. Pero yo lo conozco por Quino. Todo lo más, por Quino el de Inma.
En fin, que me estoy desviando…
Decía que gracias, Quino, por contar conmigo, por proponerme para acompañarte en la presentación de este libro, “Cien Sonetos”, del que ahora hablaremos, y que ciertamente resulta sorprendente.
Gracias también a ti, Rosa, editora, y a Platero Coolbooks, la editorial, por la apuesta que hacéis por la poesía, por los autores noveles… y por los autores noveles que escriben poesía. Si no es por vosotros, no estaríamos ninguno aquí celebrando la publicación de este libro, desde luego.
O quizá sí, que los caminos de la poesía son inescrutables…
Y gracias, también a la Sala El Cachorro Café-Teatro, por cedernos este espacio, diría que legendario aquí en Triana para esas manifestaciones culturales que se mueven al margen de los entornos oficiales, esa cultura que no deja de ser de alguna manera underground.
Publicar un libro es lo más parecido a tener un hijo. Yo no he tenido hijos, pero he publicado un libro, y conozco bien esa sensación, esas sensaciones, porque son muchas, que se van mezclando, sucediendo, solapándose en todo el proceso, desde que uno toma la decisión de escribir un libro, se arremanga la camisa, se pone a trabajar, envía los textos a la editorial, le devuelven las galeradas, se publica, se presenta, se vende…
Y, Quino, permíteme asegurarte que te queda aún lo mejor: cuando descubres que tu libro no sólo se ha vendido, sino que alguien lo ha leído, que lo ha disfrutado, que se ha sentido identificado con lo que está impreso en esas páginas… y te lo hace saber.
No existe, de verdad lo digo, sensación más emocionante ni más gratificante que ésa.
Y, a diferencia de los hijos, los libros no te piden dinero conforme van haciéndose mayores… Eso sí, se quedan en casa para siempre, aunque se independicen del autor que les dio la vida y vivan la suya propia.
Sorpresa inicial
No creo ser el único, entre los que conocíamos a Quino… Perdón, a Joaquín J. Salas y Liñán, por parte de madre, que se ha sorprendido al saber que ha escrito un libro, que es un poemario, y que además ha utilizado una forma clásica, como el soneto, con una estructura muy rígida, quizá extrañamente rígida para los tiempos fluidos que corren.
Pero en cuanto uno reflexiona un poco entiende que no puede ser de otra manera y que el poeta estaba ahí. Tal vez oculto. De hecho, oculto, sin el tal vez. Pero estaba. Y es ahora cuando se ha decidido a salir del armario.
El hecho de que Quino haya publicado este, su primer poemario, habiendo superado el medio siglo de edad (muy bien llevado, por cierto), podría llevarnos a pensar que estamos ante un químico precoz y un poeta tardío. Para escribir, uno tiene que leer. Y para escribir poesía, uno tiene que leer mucha poesía.
Uno no pasa de leer y escribir fórmulas químicas a escribir un soneto de la noche a la mañana. Y mucho menos, cien. Uno detrás de otro. Y si encima nos paramos a leerlos nos damos cuenta de que lo que descubren esos sonetos, lo que sacan a la luz, es algo que existía dentro del autor, desde su más tierna infancia. Pero ahora entraremos en eso…
Qué dice la solapa
Durante una época, una editorial me contrató para hacer reseñas de los libros que publicaba. Era una editorial bastante sui generis, al igual que la mayor parte de los libros que publicaba. Pero yo me los leía. De la primera a la última página. Con fruición, diría. La que seguramente me ha faltado en algunos momentos de mi vida para leer por gusto lo que me gustaría leer.
Pero bueno, que me enrollo…
Hablaba de las reseñas que hacía porque yo observaba que muchas de las reseñas que publicaban otros reseñadores (nunca me he considerado crítico, más bien cronista, como periodista que soy, de una experiencia de lectura) se basaban en las notas que aparecen impresas en las solapas o en las cubiertas de los libros y que ofrecen al lector una visión, generalmente bien orientada, sobre lo que se va a encontrar en el interior del libro.
¿Y qué dice la solapa de los “Cien Sonetos” de Quino? Leo:
“Este libro reúne cien sonetos que recorren la experiencia humana desde múltiples miradas: la memoria personal, el amor, la familia, la historia, la fe, la crítica social y la reflexión filosófica. Poemas autónomos que dialogan entre sí como lo hacen los pensamientos: sin orden fijo, libres y cambiantes.
Fiel a la tradición del soneto clásico, el autor emplea una forma rigurosa para expresar inquietudes plenamente contemporáneas. El resultado es una obra que puede leerse de principio a fin o abrirse al azar, invitando al lector a reconocerse en cada página.
Más que una colección de poemas, este libro es un retrato fragmentado de la conciencia: un intento de dar forma, a través del verso, al caos, la belleza y la contradicción de estar vivos».
Qué hay en el libro
Me parece que es una descripción muy ajustada a lo que contiene el libro. De lo que hay dentro del libro que tú has escrito, Quino. Un libro que exige madurez, que quizá por eso hemos descubierto al Quino poeta ahora y no antes, porque antes no hubieras podido escribir este libro. Es un poemario (¡qué me gusta la palabra poemario!) que no lo podría haber escrito alguien sin la experiencia de vida que tú has acumulado.
De alguna manera, el libro es un autorretrato que, al modo de los impresionistas, se ofrece completo cuando se ha terminado de leer las cien páginas de este libro. Son pinceladas aparentemente sueltas, que cobran sentido al contemplarse todas ellas juntas.
En el libro hay una constante reflexión sobre el paso del tiempo, incluso se percibe cierto tono existencialista: “No cesarían los ríos de fluir, /los naranjos seguirían dando su flor /y la luna al mar su blanco reflejo” (soneto número 9). Y diría que hasta una cierta añoranza de la infancia, tan cercana y tan lejana a un tiempo. La infancia es la patria del poeta, ese cielo azul y ese sol de la infancia del último verso que creemos que escribió Antonio Machado. (sonetos 2, 3, 4… 100).
Y creo que en ese viaje metafórico hacia tu pasado llegas también a sobrevolar el pasado común de todos los que aquí estamos y los que no, ese pasado habitado por griegos, cartagineses y romanos, por moros y por conquistadores de otros mundos (sonetos 13, 14, 15… 99), consciente, y orgulloso, de que somos lo que somos, por lo que alguna vez fuimos.
También se observa un juego cernudiano entre la realidad y el deseo, o entre la vida presente, palpable, y los sueños. Como ese primer amor, “mi fantasía soñada”, que dice el autor (soneto 6). Y hasta un paralelismo entre los tiempos del día y los de la vida.
Quino le escribe a la familia, a toda ella; a su ciudad, a sus tiempos, sobre todo a los pasados. Pero le escribe también al amor, al trabajo y la ciencia (que en su caso es otra forma de amor), a sus aficiones, como la pesca (soneto 44) y, digamos, socializar, aunque sea ebrio (soneto 45), y hasta a los pecados capitales (sonetos 25 a 33). ¡Olé!
No quiero alargarme demasiado, ni quiero que llegue la hora de la cerveza y no hayamos oído al autor, con el que ahora charlaremos sobre su libro y sobre la vida. Pero antes quiero terminar recordándole, para que no sufra, que este libro ya no es suyo. O que ya no es sólo suyo.
Olvídate, Quino, del significado que tú has querido darle a cada uno de tus sonetos. Porque serán los lectores quienes le darán su significado definitivo.
- El libro se puede adquirir en cualquier librería o directamente en la web de la editorial pinchando en este enlace.



