Hay ciudades que, desde la carretera, se intuyen. Salamanca se ve. Y no cualquier Salamanca, no la ciudad que se contempla desde la puerta trasera que son la mayor parte de las estaciones de tren, sino la ciudad hermosa y resplandeciente, la del esplendor plateresco, con su Catedral convertida en faro de piedra hacia el que se dirigen todas las miradas.
Esta vez el GPS nos ha traído hasta el centro por el acceso sur. Digo nos porque en esta etapa prólogo estuve acompañado por Joaquín, compañero y amigo, bético por encima de todo, y motero de nuevo cuño, que ha recibido este verano su bautismo como motoviajero. Salimos temprano. Yo no daba un duro porque él llegara a la hora acordada, y lo hizo. Casi. Pero se lo damos por buena. Arrancamos por la nacional hasta Monesterio, donde paramos a desayunar. Y continuamos por autovía para poder llegar a una hora decente para comer en Salamanca.
Del sur veníamos en una fría mañana agosteña, ideal para coger la moto, y por el sur entramos. En Monesterio me puse la chaqueta que traía por si hacia frío. Es que lo hacía. No sobró en todo el camino hasta llegar a Salamanca. Temperatura algo fresca para una carretera sin complicaciones, con tráfico de moderado a bajo.
Cruzamos el río Tormes y nos metimos con las motos por donde multan. Pero en el hotel tomaron notas de las matrículas de nuestras motos para autorizarnos el acceso hasta el centro mismo, hasta prácticamente la Plaza Mayor de Salamanca, junto a la que se encuentra el hotel donde esta vez nos quedamos.
Salamanca es de esos sitios a los que uno quiere volver cada cierto tiempo. Siempre me siento muy a gusto en esta ciudad, aún no-tan-cara como la mayoría. Joaquín tenía muchas ganas de llevarme a tomar algo a un bar llamado El Bardo. Pero eso lo dejamos para por la noche. Al mediodía, nada más dejar las motos aparcadas en la Gran Vía y subir el equipaje a la habitación del hotel, comimos en El Cervantes, un clásico en la misma Plaza Mayor, pero lo hicimos en la barra. Y antes de la cena, pinta de cerveza en el Irish Corner de Salamanca, para ver el fútbol, un intenso Valencia-Betis de Liga, victoria agónica de los verdiblancos, que no nos podíamos perder.

Joaquín tiene una amigo en Salamanca. La verdad es que tiene muchos amigos en muchos sitios. Pero en Salamanca en concreto tiene uno, Pablo, hermano de su mejor amigo de Morón, Juanma. Y Pablo tiene una novia, Maite, salmantina, con la que se va a casar pronto en Sevilla. Con ellos quedamos por la noche, charlamos, nos reímos y nos tomamos un cubatita, pese a las reticencias iniciales de Joaquín, que estaba, raro en él, cansado. Lo pasamos bien. Al día siguiente, nuestros caminos se separarían.
Pero, antes, compré un hornazo. Por lo que pudiera pasar… (continuará).



