Vengo de lavar la moto. Yo no soy de tenerla siempre impoluta. No le dedico demasiado tiempo a ponerla bonita. Me basta con que esté convenientemente revisada, regularmente y por manos expertas, para que funcione correctamente y pueda proporcionarme el placer de conducirla. Que montarme en ella sea sólo para disfrutarla, dando por hecho que va a a responder a lo que le pida. Pero no soy de los que se pasan toda la vida limpiándola.
Hoy, sin embargo, sí la he lavado. Acabo de hacerlo, de hecho. Ahí está, al sol, brillante, musculosa, potente, fresca… Aguanta la suciedad que se le va acumulando con el tiempo sin inmutarse. Pero el día que la lavo pareciera venirse arriba, con una energía nueva. Como si estrenara músculo. como si volviera a nacer, recuperando el brillo de su lozana piel de acero.
Al cabo del año, puede que lave la moto dos o tres veces. Quizá cuatro. No lo he contado nunca, pero no creo que sean muchas más. Es algo que, en el fondo, me da bastante pereza. Pero siempre, siempre, la lavo antes de iniciar un viaje largo con ella. Es como un ejercicio de purificación ante lo que está por venir.
Todo a punto
Lavarla era lo único que quedaba pendiente esta mañana. Ya la llevé a la revisión en el taller, todo bien; le he instalado una pantalla de navegación mucho más versátil que el viejo Garmin, que puede estar orgulloso de los servicios prestados, y le he revisado también la presión de los neumáticos, que estaba mejor de lo que esperaba. ¡Ah! Y le he llenado el depósito de gasolina.

Me falta lo más tedioso antes de ponerme en marcha, preparar mi equipaje. El equipaje para viajar en moto es como el del Camino de Santiago, en cuanto a que debe ser reducido, pero incluye algunos por si acasos: por si acaso llueve, por si acaso hay un accidente, Dios no lo quiera, por si acaso una avería, confiemos en que tampoco, por si hay que llamar al seguro…
Desde luego, es mucho mejor no tener que tirar de ellos. Pero hay que llevarlos. Además de la ropa, la de conducir y la otra, no puedo olvidarme del chaleco amarillo. Nunca lo he tenido que usar por quedarme tirado, a Dios gracias, pero recuerdo que en una ocasión se me hizo de noche conduciendo por carreteras muy oscuras y me sentí mucho más seguro cuando me lo puse y me aseguré de que otros vehículos podían verme. Ni me puedo olvidar de los cargadores, que son varios, aunque he conseguido, por fin, que todos sean intercambiables. Cargador para el móvil, para el intercomunicador, para la tablet desde la que iré dando cuentas de mi viaje, para la cámara…
Mirando las nubes
Estoy pendiente de la previsión meteorológica, porque es posible que me llueva en algún momento. Estando parado no debe ser un problema. Pero si me pilla sobre la moto… Llevaré pantalones de agua a mano por si me cae una tromba de esas que no avisan, que el pantalón que llevaré para conducir, un vaquero con protecciones, puede llegar a ser muy incómodo empapado. Aunque espero librarme, la verdad. Si me pilla en parado no será problema, insisto. Mi sombrero me basta. Uno plegable para poder levar en la mochila, que con el casco es incompatible.
Voy sin prisas, con el programa muy abierto. Sólo hay unas pocas cosas que están cerradas. Como encontrarme con Javier en el Castillo de Javier. Él viene de Guipúzcoa, yo llegaré desde Castilla, parada previa en Salamanca y Palencia. Allí nos encontraremos y seguiremos ruta juntos hacia los Pirineos, donde iremos decidiendo sobre la marcha la dirección a tomar.
Tengo los nervios previos a la partida. Son viejos conocidos. Cada viaje es igual, aunque cada viaje sea distinto. Quiero acostarme ya, quiero que amanezca y quiero arrancar la moto. Ponerme en carretera con el fresco de la primera mañana. Pero aún queda. Antes, tengo que hacer el equipaje.
Os seguiré contando.



