El calor de la amistad

En Salamanca me han dicho que justo hoy (¡vaya por Dios!) estaba haciendo más frío del acostumbrado. Yo el frío lo he combatido con un polar para el cuello y con el calor humano de dos pipiolos que han madrugado hoy para escoltarme en los primeros kilómetros de la etapa. Se agradece el gesto. Casi siempre he viajado acompañado y si ahora lo hago solo no es por voluntad propia.

He salido temprano tratando de evitar el calor y he pasado frío. Más del esperable y más del deseable. Hasta que no dejé atrás Mérida, el sol no ha empezado a calentar. No mucho, la verdad. Sólo un poco. Y no durante mucho tiempo. La subida al Puerto de Béjar se hizo dura y larga, tanto por su desesperante y poco entendible limitación de velocidad, como por la drástica bajada de temperatura a causa, supongo, de la altura.

Por lo demás, una etapa fácil. Con algunas nubes y rachas de viento en algún tramo, incómodas más por el frío que por la fuerza con que soplaba hoy Eolo. Hasta horas antes de salir había estado pensando si la chaqueta de verano o la de invierno. Finalmente me decidí por la chaqueta calada, sobre una camiseta fina. Me equivoqué. O se equivocó el tiempo, porque aún no toca. Es agosto, por poco ya, pero agosto al fin y al cabo. Y hasta el 21 de septiembre seguirá siendo verano.

En Salamanca me han dicho que justo hoy (¡vaya por Dios!) estaba haciendo más frío del acostumbrado. Yo el frío lo he combatido con un polar para el cuello (el pañuelo de las calaveras no abrigaba hoy lo suficiente), y con el calor humano de dos pipiolos que han madrugado hoy para escoltarme en los primeros kilómetros de la etapa.

Viajar acompañado (mucho mejor)

Se agradece y mucho el gesto. Especialmente, en mi caso, que la mayor parte de los viajes en moto los he hecho acompañado y ahora me toca hacerlos solo por motivos ajenos a mi voluntad y la de cualquiera.

Hasta El Ronquillo hemos ido por la N-630. Luego Abraham y Carlos han regresado a continuar con su vida y yo he reemprendido la marcha por autovía. Primera parada (segunda si contamos la de El Ronquillo para despedirme de mis amigos moteros), en el Cruce de las Herrerías para echar gasolina. Pensaba continuar sin parar hasta mi destino, Calvarrasa de Abajo, a muy pocos kilometros de Salamanca, donde hago noche hoy. Pero a falta de media hora para llegar decidí parar para conectar el móvil a la batería portátil. La pantalla de Android Auto funciona muy bien, pero son demasiadas horas para que aguante la batería del teléfono.

Detalle de la fachada de la Universidad de Salamanca con la famosa ranita.
Detalle de la fachada de la Universidad de Salamanca con la famosa ranita.

Así que paré, conecté el móvil, estiré las piernas y me comí un bocadillo que traía preparado de casa, con lo cual he llegado ya comido al hostal. He descargado el equipaje, me he puesto una camisa de manga larga y he buscado un Decathlon por la zona para comprarme algo de ropa térmica o similar, por lo que pueda pasar en los próximos días.

‘Fashion victim’

Ha habido suerte, había un Decathlon a diez minutos, justo en el camino del hostal a Salamanca. Cuando he llegado me he dado cuenta de que las botas, la camiseta que llevaba puesta, la mochila, los calcetines y probablemente los calzoncillos (no me he parado a comprobarlo) son del Decathlon. Y es que soy un fashion victim, no lo puedo evitar…

Ahora estoy sentado en una cafetería irlandesa (Irish Theatre) con vistas a la Casa de las Conchas y junto a la Clerecía, la casa de los jesuítas, escribiendo y repasando los gastos del día. En gasolina ya van 57,29 euros, pero los últimos 21 los he repostado frente al hostal, después de llegar, con lo que forman parte del consumo de la segunda etapa, que me llevará mañana a tierras palentinas. Una etapa con la mitad de kilómetros que hoy y en su mayor parte por autovía también. Ya llegarán las curvas.

Me he dado un paso por esta ciudad maravillosa, que tan buenos recuerdos me trae de cada una de las veces que he pasado por aquí. La primera vez fue de adolescente, creo que durante una Semana Santa (una y no más). Luego he venido más veces. Recuerdo el año que nació mi sobrina Marta, 26 años hará en enero de aquella escapada. Tenía 18 días cuando la vi por primera vez, había nacido en Madrid y yo vivía en Sevilla. En diciembre cumplirá 26 y ahora vive entre Glasgow y Dublín.

Inscripción en la fachada de la Universidad de Salamanca.
Inscripción en la fachada de la Universidad de Salamanca.

Salamanca, primera etapa en cualquier viaje

También recuerdo la gira con Bea y Luiza de la adaptación de la ópera Carmen para dos violonchelos. Y de algún viaje con Emilio en el que Salamanca volvía a ser primera etapa de donde quiera que fuéramos (¿sería en agosto de 2010 para la boda de mi hermano Víctor en Cambridge? No lo recuerdo con seguridad, pero podría ser).

Hoy es un día tranquilo. Me daré otro paseo por Salamanca hasta la hora de cenar algo. Hoy haré de guiri y cenaré temprano. Quiero acostarme pronto para emprender la marcha temprano y llegar a Villalcázar de Sirga a tiempo de tomarme un vino con Rafa, el del hostal Infanta Doña Leonor, en el que me quedo desde hace unos años cada vez que paso por allí, antes de comer en el Mesón los Templarios. Aún no sé si cordero churro (es la raza, no es que sea un churro de cordero) o un solomillo de ternera. En ambos casos está de rechupete.

Ya os contaré por cual me decido. Sed moderadamente buenos.

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad