De la Meseta a los Pirineos

La lluvia, la temida lluvia, ha terminado por hacer acto de presencia. Algo testimonial solamente, lo suficiente para llenarme en dos minutos el parabrisas y el casco de gotas, que tardaron quince minutos en disiparse con el viento. Nada que ver con la granizada que nos cayó ya en Jaca, mientras cenábamos en un bar. Granizos como garbanzos remojados de gordos. A ver cómo me encuentro mañana la moto.

Se pegó el madrugón y por poco no llega a tiempo de despedirse. Ya lo habíamos hecho el día antes, por si acaso. Pero Rafa quería darme un abrazo el día de mi partida. Y me lo dio, junto a la ermita de la Virgen del Río, a dos kilómetros de haber iniciado mi ruta, que hoy me debía traer hasta Jaca, desde donde escribo.

Desde la rotonda a la entrada de Villasirga, Rafa vio a una moto bajar por la calle del hostal hacia la carretera que conduce a Arconada. Y el macuto atado en el asiento del acompañante me delató. Así que me siguió haciéndome ráfagas, hasta que me paré en la ermita del Río para darnos el abrazo de despedida y tomarnos la foto que no nos habíamos hecho.

Ha sido una forma bonita de arrancar el día. Después, continúe mi ruta hasta Briviesca, donde reposté y desayuné. El camino hasta el Castillo de Javier ha sido fácil (por autovía en su mayor parte), aunque la lluvia, la temida lluvia, hizo acto de presencia. Algo testimonial solamente, lo suficiente para llenarme en dos minutos el parabrisas y el casco de gotas, que tardaron quince minutos en disiparse con el viento. Nada que ver con la granizada que nos cayó ya en Jaca, mientras cenábamos en un bar. Granizos como garbanzos remojados de gordos. A ver cómo me encuentro mañana la moto.

Con Javier, en el Castillo de Javier (Navarra), donde nació San Francisco.
Con Javier, en el Castillo de Javier (Navarra), donde nació San Francisco.

Con Javier en Javier

Desde Briviesca, directo al Castillo de Javier, en Navarra, donde debía encontrarme con mi amigo Javier. Allí estaba esperándome cuando llegué al mediodía, una hora después que él. Desde Briviesca no había vuelto a repostar. La moto se está portando bien en lo que respecta al consumo. No había entrado en reserva aún y tiene un margen amplio de reserva.

En Javier, donde nació San Francisco en una cuna noble, decidimos acercarnos al Monasterio de Leyre, que se encuentra a unos 10 kilómetros. Y allá que fuimos. Javier tenía también su coche clamando por un trago de gasolina. Cada vez se hacía más urgente parar en la primera gasolinera que viéramos en el camino. Pero hasta Leyre no encontramos ninguna.

Habíamos comido en el Castillo de Javier y el café nos lo tomamos en Leyre. Converamos sobre si valía la pena ir hasta Leyre para tomar un café, justo allí, en la ladera de los Pirineos, rodeados de montañas y bosque, a los pies de un monasterio benedictino que empezó a construirse en el siglo XI y que visitas con la llave de la cripta y de la iglesia, que te confían cuando te acercas a conocerlo.

La Virgen de Leyre, en la iglesia del Monasterio benedictino al que da nombre.
La Virgen de Leyre, en la iglesia del Monasterio benedictino al que da nombre.

Unos privilegiados

¡Claro que vale la pena! La cripta es, junto con la cripta de la Catedral de Palencia, el primer ejemplo de románico en España. Y tuvimos la oportunidad de disfrutarla prácticamente solos. Como la iglesia, con su imagen gótica de la Virgen de Leyre. Todo un privilegio. ¿Por qué no va uno a hacerse casi mil kilómetros para disfrutar de un café así? ¿Cuántos placeres son comparables a ése?

Luego pensamos que, siendo al día siguiente lunes, igual debíamos hacer un esfuerzo por visitar San Juan de la Peña esa misma tarde. Seguíamos sin repostar. El piloto de la reserva se cansó de esperar y, por fin, se me encendió. Nos separaban unos 70 kilómetros de San Juan de la Peña. En la primera gasolinera pararíamos. Pero la primera nunca llegaba a aparecer. Por fin, justo antes de la subida al monasterio, nos encontramos una y ambos pudimos respirar tranquilos. 290 kilómetros. No está mal.

Los dos habíamos visitado anteriormente el monasterio de San Juan de la Peña. Pero los dos entendíamos que valía la pena el esfuerzo de desviarse unos kilómetros por la carretera que sube hasta el monasterio, estrecha y lenta, llena de curvas, entre bosques de robles, pinos y abetos, a los pies de los Pirineos, para acercarse hasta el cenobio construido bajo la roca. Impresionante, como siempre.

Detalle del espectacular claustro de San Juan de la Peña.
Detalle del espectacular claustro de San Juan de la Peña.

A salvo de la granizada

Hemos llegado hasta Jaca. Etapa de transición entre la Meseta y los Pirineos. Hemos dado una vuelta por la Ciudadela y hemos entrado en la Catedral, con su ajedrezado característico, que los peregrinos de Santiago fueron llevando a otros puntos del Camino. Y hemos ido a cenar a un sitio, Bachimala de nombre, ciertamente interesante. Menos mal que fue allí donde nos cogió la granizada.

Mañana llegamos al Valle del Boí. Os seguiré contando.

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