Hace dos días que tengo la moto aparcada en el garaje. Prácticamente no la he movido desde que regresé del viaje. Hoy he ido en la moto a hacer unos mandados, pero no es lo mismo. Yo he vuelto a levantarme tarde, por la imposibilidad de hacerlo temprano. ¡Qué fácil es madrugar cuando uno no tiene obligaciones que atender y lo que tiene que hacer es viajar! Sólo viajar. Nada más y nada menos que viajar.
Lo vivido hace sólo unos pocos días se me amontona en la cabeza como recuerdos de un pasado lejano por la cantidad de experiencias acumuladas en estos pocos días de viaje. ¡Qué lejos me queda aquel desayuno en La Baronesa, en esa mañana fría de agosto, antes de ponerme en marcha escoltado por los pipiolos Abraham y Carlos! O aquel otro madrugón castellano para llegar temprano a Dueñas, a tiempo de desayunar con el otro pipiolo, Toni, y dejarle emprender su ruta a Navarra con el camión.
También me acuerdo de los dos vinos (en verdad fue cerveza sin alcohol) que me tomé con Rafa cuando lo acompañé a Carrión de los Condes a comprar algo que Lourdes necesitaba para el hostal de Villasirga. Y del lechazo churro del Mesón Los Templarios, con el que llevaba semanas soñando. O el café que me tomé en casa de Rafa con él y su mujer, Maripaz, la tarde antes de retomar mi viaje hacia Navarra. O que por la mañana del domingo madrugara para venir a despedirse y que por poco no me pillara… Me siguió haciendo ráfagas hasta la ermita de la Virgen del Río. Y allí, por fin, nos pudimos hacer la foto los dos moteros juntos.

Nubes, sol y estrellas
En el camino al castillo de Javier, donde me encontré con mi amigo Javier, me llovió algo, nada comparable con lo que luego nos caería en Jaca cuando, afortunadamente, nos encontrábamos a buen recaudo mientras cenábamos. ¡Vaya granizada! Luego no volvió a llovernos en todo el tiempo. Cielos despejados, tal vez algunas nubes altas, y un sol brillante durante el día, y estrellas como no recordaba haber visto tantas por las noches.
El camino hasta Taüll lo recuerdo como una de las rutas en moto más hermosas que he hecho nunca. Los Pirineos no son como la Sierra Norte de Sevilla o la Sierra de Aracena, con las que estamos más familiarizados los moteros de esta parte del sur. Son imponentes, sobrecogedores, hermosos pero aterradores a un tiempo. La carretera atraviesa muros de piedra y verdes valles, y discurre serpenteante junto a ríos que estaban ahí antes de los tiempos y que seguirán estando cuando nosotros nos seamos ya ni un recuerdo. La eternidad…
He disfrutado mucho del paisaje de los Pirineos y de la memoria milenaria de sus piedras. ¡Ay, el Románico! Hemos podido hacer senderismo y recorrer parajes inaccesibles de otra forma, junto a briosos saltos de agua y a través de un maleza frondosa que, de vez en cuanto, se abría para ofrecer las mejores vistas del valle. Una vistas sin más banda sonora que la de la naturaleza.

Tierras de frontera
También se me antoja lejano la vuelta desde La Vall de Boí a la Meseta, y esa carretera con tantas curvas como túneles que nos llevó de El Pont de Suert hacia la Soria castellana. Un paisaje de frontera entre lo que fue Al Andalus y Castilla, y también entre los históricos reinos castellano y de Aragón, siempre en guerra como bien atestiguan las numerosas torres de vigilancia, los baluartes defensivos y los castillos que aún se mantienen en pie.
¡Qué emoción la del reencuentro, después de treinta años, con Santa María de Huerta! ¡Qué hermosura de monasterio y qué hermosura de refectorio! ¡Y qué acierto desviarnos hasta Caleruega, la localidad en la que nació Santo Domingo de Guzmán! Carreteras que alternaban los paisajes de cereales, con campos de girasoles, pinares y viñedos de la Ribera del Duero conforme nos acercábamos a Burgos, con su monasterio de la Vid (de tan gratos y adolescentes recuerdos), y su Peñaranda de Duero, que nos quedamos con ganas de visitar. Queda pendiente.
Y Salamanca, de nuevo, para hacer la última noche antes del regreso definitivo. Una noche que habría tenido un sabor más amargo, el sabor de la despedida, de no encontrarse la bella ciudad plateresca en plenas fiestas en honor a la Virgen de la Vega. ¡Qué ambiente más bonito! ¡Y qué precios! Precios populares de verdad, a los que ya no estamos acostumbrados…
Compañeros de viaje
Javier es un buen compañero de viaje. El mejor, me atrevería a decir. Nos unen muchas cosas, pero por encima de todo una amistad de treinta años. Me he acordado mucho de algunas personas con las que, antes, ya había estado por algunos de los sitios que he visitado. De mis padres, con los que conocí el Monasterio de Santa María de Huerta, durante el viaje que hicimos para estrenar el Hyundai que se compraron hace ya ni recuerdo. De Emilio, con el estuve en Jaca cuando hicimos el Camino de Santiago en moto, y en Salamanca, camino de tantos sitios… Me he acordado, y mucho, de Bea. Y hasta he soñado con Brooklyn…

Pero Javier, decía, es un buen compañero de viaje. El mejor, como digo. No sé la etimología exacta de la palabra compañero, pero no creo que me equivoque demasiado si aventuro que compañeros son los que comparten el pan. Y nosotros hemos compartido muchas cosas. Y también el pan. El pan y una butifarra, un poco de queso y una botella de garnacha del Priorat con la sola luz del anochecer en los Pirineos, en medio de un Taüll vacío…
Ya quiero volver a coger la moto. No hace tanto que la aparqué, apenas dos días. Pero ya sueño con el próximo viaje. Y soñar con viajar, siempre, es la primera etapa de cualquier viaje.



