Salí temprano de Villasirga. No tan temprano como otras veces. Pero amenazaba lluvia y no me la quería jugar. Al final, me mojé un poco. Pero poco. Casi no se puede considerar una mojada en moto.
Nada comparable a la que me cayó camino de Munich o volviendo de Toledo aquella vez que nos juntamos los jordanos (un grupo de amigos de distintos puntos de España, que nos conocimos en Jordania) en Orgaz. La primera vez, quiero decir. Que este año hemos vuelto a juntarnos algunos en Orgaz, pero no nos ha llovido. O la mojada del regreso de Tui a Sevilla, después de hacer el camino portugués hasta Santiago de Compostela.
O el día que iba a Salamanca, precisamente, parada intermedia en mi camino a Santurce, donde debía tomar el ferry hasta Portsmouth, en Inglaterra, con destino final en Ely. Con Emilio también me cayó una buena, por el norte, no recuerdo si por Asturias o por Cantabria, cuando hicimos el Camino de Santiago en moto desde Jaca a Fisterra. Recuerdo que paramos en un pueblo de costa a ponernos la ropa de agua de la moto, pero ya estábamos empapados.
En todas esas ocasiones se me pasó por la cabeza dimitir. Cuando pude, paré a ver si dejaba de llover o al menos se reducía la intensidad de la lluvia. Otras veces no tuve donde refugiarme. Y en todas me terminé poniendo como una sopa. Esta vez no. Fueron cinco minutos de lluvia moderada mientras conducía, que se secó con el aire en cuanto paró de llover.
Tarde metida en agua
Llegué al hotel pronto, muy pronto. Pero aproveché para poner a trabajar a mis esclavitos de ChatGPT, que me hicieron una impagable guía de bodegas visitables en la zona. Me pareció que estaba tan bien (en el sentido de que podía ser muy útil), que se la ofrecí a la recepcionista del hotel y me dijo que se la enviara por si ellos se la podían enseñar a sus huéspedes… En fin, las cosas a las que uno se dedica para entretener el tiempo.
La tarde amenazaba con meterse bien en agua. Y para que se meta la tarde, mejor me meto yo, que para eso tiene un spa el hotel. Me gusta el sitio, por cierto. Al principio me pareció un hotel de carretera, y en cierto modo lo es. Fuentespina es un lugar estratégico para conocer la Ribera del Duero: a tres kilómetros de Aranda de Duero y a menos de 25 minutos de las bogedas más importantes de la Denominación de Origen Ribera del Duero.
El hotel se levanta al pie de la N-1 y de la A-1, y combina dos hoteles en uno, uno de cuatro estrellas y otro de dos. Los servicios son comunes (desayuno, spa, zona de estar, gimnasio, que no lo conozco ni tengo intención) y varía de uno a otro las habitaciones. Las mías son tipo motel de película, una planta baja y la puerta de la habitación da directamente al aparcamiento. Es más barata, lógicamente, que las habitaciones a las que se accede tras pasar por el hall y la recepción. Pero a mí me vale. Además, tiene un asador, que supongo que algún día lo probaré, y está perfectamente ubicado para desplazarte en cualquier dirección.

La amenaza de lluvia se fue disipando y por la tarde decidí acercarme a Aranda, que está a cuatro kilómetros del hotel y tres de Fuentespina. Al mediodía comí parte del hornazo que había comprado en Salamanca antes de iniciar la marcha. Y allí que me fui. Circulé despacio, quise identificar los sitios en los que estuve con Emilio hace ya 12 años. No me preguntéis por qué, pero recuerdo bien la fecha y fue el verano de 2014. Pasé por delante del Hotel Julia, donde nos quedamos, y de la armería donde compré una navaja que aún conservo para poder cenar de bocatas alguna noche. No está donde estaba (o al menos donde yo lo recordaba) el famoso Asador de Aranda. Pero volví a pasar por alguno de los bares en los que recuerdo que paramos.
Aparqué la moto y me fui caminando al centro. Espectacular iglesia de Santa María, que disfruté por fuera y visité por dentro. Empezó a llover con cierta intensidad (suficiente para mojar pero no era torrencial, que luego me llamáis exagerado), pero me pude refugiar a tomar algo hasta que paró. No ha vuelto a llover en todo el viaje… (continuará).



