Fitipaldis, el directo más honesto del momento

Fito es un tipo divertido sobre el escenario, un artista incansable, que no para en dos horas de concierto, muestra un enorme respeto por el público y ofrece un rocanroll desenfadado y honesto, sin artificios, pero con mucha calidad. Sus canciones suenan tan bien en el directo como en el estudio, lo que demuestra que su música carece de trampa y de cartón. Que es sólo musica, y nada más y nada menos que música. ¿Qué más se puede pedir?

Hace años que lo vengo diciendo. Los Fitipaldis tienen el mejor directo del momento en España. Y no de ahora, sino de las últimas dos décadas, al menos.

No exagero. Llevo siguiéndolos hace mucho. El primer concierto de los Fitipaldis al que asistí fue en el verano de 2007 en el Auditorio de la Cartuja. Quizá entonces ni siquiera se llamara aún Auditorio Rocío Jurado, eso no lo recuerdo bien. Y ya ha llovido.

La banda de Fito Cabrales presentaba en aquella gira el disco «Por la boca vive el pez», un álbum en el que no hay un tema que no sea top. Ya llevaba unos pocos a sus espaldas, todos ellos de grandísimo nivel, en mi opinión. Pero aquel disco, para mí, fue especial.

La sensación que tuve en aquel concierto, con sus matices, porque los directos hacen de la experiencia musical algo único, la volví a experimentar tres años más tarde, esta vez en el estadio que nunca fue olímpico de la Cartuja, en una gira muy especial. Los Fitipaldis presentaban su disco «Antes de que cuente 10» y los teloneaba, nada más y nada menos, que La Cabra Mecánica de Lichis, que precisamente giraba para decir adiós.

Diferentes escenarios, similar experiencia

Volví a escucharlos en directo dos años más tarde, en el Auditorio de Fibes, en una gira más íntima que Fito y Fitipaldis hicieron por teatros y auditorios de toda España. Pese a que el auditorio del Palacio de Congresos no es precisamente óptimo para la música (y no abundaré para no herir susceptibilidades, que las hay), el concierto fue otra de esas experiencias que uno recuerda toda la vida.

Tardé diez años más en volver a escucharlos en vivo, de nuevo en el estadio de la Cartuja. Esta vez escuché el concierto desde la grada, por mor de mi acompañante, que no concebía, por su formación clásica, asistir a un concierto sin estar sentada, y por la resaca del Covid-19, que nos había metido en el cuerpo el miedo a las aglomeraciones. Pero aun así fue otro enorme concierto. A pesar de que el disco que tenían en promoción, «Cada vez cadáver», no está entre mis favoritos.

Este viernes los volví a escuchar en directo en el espacio habilitado en uno de los aparcamientos del estadio, en el primer concierto en Sevilla (tenían programadas dos fechas, viernes y sabado) de su gira de presentación del disco «El monte de los aullidos». Y no tengo más remedio que ratificarme: Fito y Fitipaldis ofrece el mejor directo del momento. Sin paliativos ni comparación posible.

Hace sólo una semana asistí en El Bosque (Cádiz) a otro magnífico concierto, o mejor dicho, a tres conciertos que formaban parte de lo que denominaron festival ochentero, que reunió a Mojinos Escozíos, Medina Azahara (en su gira de despedida) y Mago de Oz. En términos generales, un magnífico concierto, especialmente por parte de las dos primeras bandas. Pero el sonido no acompañó.

No fue malo del todo, pero tampoco bueno. Cuando la voz del cantante no resulta del todo inteligible, algo falla. Llegó Mago de Oz, con un retraso injustificado, por cierto, cuando las otras dos bandas habían sido escrupulosamente puntuales, y subieron el volumen de los altavoces, lo que no hizo sino empeorar el resultado. Y no es el único caso.

Música, ni más ni menos

Cuando digo que el directo de Fito y Fitipaldis es de lo mejor que se puede escuchar hoy en los escenarios de toda España, no lo digo por el sonido, cuidado y limpio, impecable, que también.

Lo digo por todo. De entrada, por su calidad técnica, de todos los fitipaldis en conjunto y de cada uno por separado. Técnica y artística, si es que lo uno se puede separar de lo otro. También por el sonido, por supuesto. Pero, sobre todo, por su actitud.

Fito es un tipo divertido sobre el escenario, un artista incansable, que no para en dos horas de concierto, muestra un enorme respeto por el público (que le da de comer, por cierto), y ofrece un rocanroll desenfadado y honesto, sin artificios, pero con mucha calidad. Sus canciones suenan tan bien en el directo como en el estudio, lo que demuestra que su música carece de trampa y de cartón. Que es sólo musica, y nada más y nada menos que música. ¿Qué más se puede pedir?

Cuando un artista disfruta en el escenario, el público disfruta con él. Y los fitipaldis se lo pasan pipa. Y no necesitan tirar de consignas panfletarias para ganarse al respetable, que agradece que se le trate como a un adulto.

Fio Cabrales durante su actuación en el Auditorio de Fibes en 2012.
Fio Cabrales durante su actuación en el Auditorio de Fibes en 2012.

¡Gracias, maestro!

Por todo esto y por mucho más, quiero darle las gracias a Fito y Fitipaldis por todo lo que aporta en mi vida. La música es, por muchos motivos, un pilar fundamental en mi vida, que me sostiene y que me reconforta, que me da aire y me ayuda a ver la luz cuando la oscuridad acecha.

Dicen que las canciones, las buenas, siempre hablan de uno mismo. Yo me siento identificado con las de Fito. Sé que lo que me llevará al final serán los pasos y no el camino, que el mejor de los pecados es haberte conocido, que todo lo que aprendí me lo enseñaron unas cuantas brujas, que sabes que soñaré si no estás que me despierto contigo, que me equivocaría otra vez, que tu destino dices que ya está escrito, pero el mío tengo que escribirlo yo, que sin saber cómo ha venido siempre me coge la tormenta, que a veces siento que me arrastra el viento como a un trozo de papel, que qué necesario es el rocanroll y qué prescinible el cuero y que, o por suerte o por desgracia, cuando me haces falta siempre estás ahí.

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