Yo no me llamo Javier

Yo no me llamo Javier

No soy capaz de quitarme de la cabeza aquella canción de Los Toreros Muertos de Yo no me llamo Javier. Sé que es una tontería, pero no puedo evitarlo. La culpa la tiene el castillo de Javier, en Navarra. También es una tontería: me podría haber despertado una vocación quizá latente, pero no, me ha dado por tararear una canción de la que ya sólo me acordaba del estribillo. He llegado al hotel y la he buscado en Youtube para escucharla tal como era y no tal y como yo la recordaba. Quizá ahora ponga algo de gregoriano por aquello de que mañana estaremos en las tierras de los frailes cantores de Santo Domingo de Silos.

El caso es que hoy ha sido día de visitar recintos dedicados a la espiritualidad. Más o menos. San Juan de la Peña impresiona cuando te lo encuentras al final de una curva en una carretera que sólo va allí, después de pasar por Serós y antes de continuar hasta el llamado monasterio nuevo, barroco, dicen, también llamado del timo del tocomocho. La entrada para ver los dos recintos vale sólo un euro y medio más. Pero ese euro y medio equivale a una cerveza que nos hemos quitado para ver lo que viene a ser una especie de monumento a la época de vacas gordas construido con fondos europeos, con más aspecto de palacio de congresos que de monasterio. Del monasterio barroco no queda ni la huella. El monasterio románico, sin embargo, impresiona por su ubicación bajo una inmensa peña, de ahí el nombre, en una sierra perdida en medio de la nada… Hemos sido los primeros en llegar, lo hemos podido disfrutar prácticamente solos. En silencio. Como los monjes que un día lo habitaron.

Nuestra ruta ha seguido en dirección a la Sierra de Leyre, en la que también se enclava un monasterio, éste aún en activo, con sus frailes y todo, de clausura, eso sí, sólo los enseñan en la visita de las siete, cuando salen a rezar las vísperas. Es un ejemplo de románico primitivo -casi en fase de ensayo, se podría decir-, que impresiona en su conjunto, pero que en los detalles está plagado de hermosas imperfecciones. Los arcos de medio punto son sólo casi de medio punto. Los capiteles son cada uno de un tamaño, las naves, tres, no guardan simetría, son de diferentes tamaños… Pero vale la pena la visita. Por el monumento y por la hermosa carretera que conduce a él. Dispone de una hospedería construida en los años 70 del siglo pasado respetando el estilo del resto del conjunto.

No muy lejos está Javier, el sancta sanctorum de la Compañía de Jesús en España -yo no me llamo Javier, pero me pusieron el nombre del fundador de los jesuítas-, donde se levanta el castillo que fue de la madre de San Francisco Javier antes de que éste fuera santo. Sin quitarle méritos, Dios me libre, en algo debió influir para que lo hicieran santo que su madre donara a la congregación todos sus bienes, entre ellos el propio castillo. Me explica Emilio que la madre no donó el castillo. Francisco Javier debió heredarlo y la compañía se lo expropió. O algo por el estilo. Bueno, vale… en la Wikipedia nos enteramos de que la Compañía de Jesús se hizo con la propiedad del castillo por una donación de la duquesa de Villahermosa a principios del siglo XX -desconocemos cómo llegó a sus manos el dichoso castillo-, con lo que San Francisco Javier queda exonerado de cualquier sospecha de trato de favor. ¿Vale así, Emilio?

La excursión debía continuar hacia Puente la Reina. La de Navarra. En la de Aragón paramos a repostar batiendo un nuevo récord con la moto de Emilio, que casi hizo doscientos kilómetros. Pero el calor y la amenaza de lluvia (más por la humedad que por el agua que nos pudiera caer, que finalmente no fue prácticamente nada) hacían imposible continuar la excursión. No recuerdo una ruta en moto en la que haya pasado tanto calor como hoy. Esto no parece los Pirineos. Es axfixiante. Vuelta a Jaca, siesta y a preparar la mudanza a Burgos de mañana. Pararemos en Puente la Reina, aunque sea sólo para fotografiarnos, e intentaremos parar también en Santo Domingo de Silos. Aunque sea para oír gregoriano. Fiesta, fiesta…

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