Se está quemando la serrería, duduá, duduá

Se está quemando la serrería, duduá, duduá

Un acierto. Pleno total. Los milagros existen. Si Jesús multiplicó los panes y los peces para dar de comer a los hambrientos, yo no sé quién fue quien obró el milagro de convertir los diez sombreros de ala ancha llegados a la Corte del Rey Arturo en moto desde Sevilla en al menos veinte o treinta. La reencarnación de Juanito Valderrama multiplicada por no se sabe cuántos. Primero los españoles, aunque algunos, los menos, se resistieron cohibidos por su timidez. El alcohol terminó de allanar el camino. Los spanish hats pasaban de cabeza en cabeza como la falsa moneda de la copla iba de mano en mano. Para coplas, la del Emigrante del gran Valderrama: Tito Ghandi con guitarra y sombrero cordobés parece Romerito de Calcuta. El novio no sabe cómo, pero un sombrero ha brotado de su cabeza y dos latas de Cruzcampo razonablemente frescas de sus manos. El sombrero se lo deja puesto hasta la cena; las latas desaparecen de sus manos en un visto y no visto (ingenuo, pregunta al día siguiente por la cerveza que había viajado desde Sevilla). La novia se resiste… pero cae: baila al ritmo funky de los 80 con su vestido blanco, sus pies descalzos y un sombrero cordobés. Las invitadas se fotografían con ellos, mientras un joven y pecoso inglés busca, sin encontrarlo, garbo para llevarlo puesto.

Los primos se llevan sombreros para los niños. Por lo menos tres; las amigas solteras se los quedan de recuerdo. Ya van seis. Algunos viajan camino de la India, otros de Canadá. He perdido la cuenta. En la sala de baile aún había un par de ellos cuando cerraron el chiringuito y nos sacaron a algunos casi a empujones. Y en casa de los novios, al día siguiente, dos más. ¡Pero si sólo hemos traído diez!
Entre tanto, suena la alarma de humos de la casa de al lado. Media hora. Las latas de cerveza se amontonan en la encimera de la cocina. Hoy, mejor, no conducimos. Sigue sonando la alarma. Ha pasado ya una hora. ¿Llamamos a los bomberos? Más latas de cerveza. Descubrimos en una de ellas que tiene una marca que cambia de color en función de la temperatura. El profesor de Física saca una foto de dos latas de cerveza, una fría y llena, otra caliente y vacía. Prurito científico. La alarma continúa sonando. Los bomberos tienen un contestador puesto. Mejor llamamos a la Policía. Oye, esconde las cervezas, que se van a creer que es una broma. Los bomberos, por fin, llegan y se saltan la valla de la vivienda contigua para comprobar que todo está en orden. Entre cerveza y cerveza alguien se acuerda de un chiste con más años que un camión de almanaques. Y todos, a la vez, cantamos: «Se está quemando la serrería», esperando que los bomberos respondan «duduá»… Pero, afortunadamente, ya se han ido. Saca otra cerveza.
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