Regreso a San Xulián do Camiño

Dejé la moto junto al cruceiro y le pedí a una peregrina húngara que me hiciera la foto que deja constancia de que, como me prometí, he vuelto. Y no lo he hecho solo, que conmigo, aunque no se vea a nadie a mi lado, viajaban los recuerdos y la gente.
Dejé la moto junto al cruceiro y le pedí a una peregrina húngara que me hiciera la foto que deja constancia de que, como me prometí, he vuelto. Y no lo he hecho solo, que conmigo, aunque no se vea a nadie a mi lado, viajaban los recuerdos y la gente.

Regreso a San Xulián do Camiño

A Javier Rubio y Antonio Salvador

Sentada en los escalones bajo el cruceiro dejaba pasar el tiempo. Su camino lo inició en St. Jean Pied de Port hace 27 días. Ya había llegado a Finisterre y había vuelto a Santiago para abrazar al apóstol. Sólo le quedaba esperar a que su marido llegara de Hungría para recogerla y marchar a casa, juntos, en avión. Y para la espera había elegido un lugar mágico a medio camino entre Palas de Rei y Melide: San Xulián do Camiño.

Este punto del camino francés, que se encuentra aproximadamente a la misma distancia de Sarria que de Santiago, fue el que, hace cuatro años, los peregrinos Antonio Salvador, Javier Rubio y un servidor, Ignacio Díaz Pérez, elegimos como el sitio más hermoso de todo el recorrido, dentro del tramo más bello de la parte del camino de Santiago que recorrimos a pie, precisamente el que va de Palas de Rei a Melide.

Hoy he querido volver a él. Salí de Santiago, esta vez solo, en dirección a Sarria (Lugo), a unos 120 kilómetros por carretera (a pie son 112). Pero el tiempo, soleado por la mañana en Santiago (ahora oigo llover y parece que estará así toda la noche), se volvía desapacible conforme me alejaba de la capital gallega. Además, la carretera es una carretera lenta, pese a su buen firme, por las limitaciones de velocidad a causa de las numerosas curvas que tiene, las muchas travesías que se recorren y, sobre todo, por la constante presencia de peatones y ciclistas: los peregrinos. Así que al llegar a Palas de Rei, a unos 65 kilómetros de Santiago, decidí volverme.

Lorena, la fisioterapeuta, no estaba en su gabinete. Lunes, miércoles y viernes sólo atiende, por las mañanas, con cita previa. Por la tarde, según el cartel que estaba colgado en la puerta, sí abriría. Pero ya no estaría yo allí; me esperaba Emilio en Santiago para despedirnos como Dios manda del apóstol. Así que compré un sobre en una papelería cercana y le dejé el libro que había ido a entregarle con la experiencia narrada de aquella peregrinación de 2008, junto con una nota.

Recordaba el lugar con todo lujo de detalles. La cafetería Plaza, desde la que escribimos aquel día el blog, el bar Nosa Terra, donde nos tomamos las primeras cervezas tras volver a reunirnos los tres peregrinos, ya que yo me había tenido que apear del camino a los tres kilómetros de dejar atrás Portomarín, a causa de una lesión que Lorena me trató y que, aunque con dolor, me permitió completar el camino hasta el final. Mientras conducía hacia allí la moto, observaba los lugares que recorría y recordaba que en aquel bar desayunamos un día y que en aquel otro nos comimos al día siguiente el bocadillo de media mañana; o el merendero en el que nos hicimos la foto que luego ilustraría la entrada del blog sobre la verdadera historia de la gorrita y la riñonera; observaba a los peregrinos adentrarse en tramos boscosos y los imaginaba llegando al albergue de Ribadiso de Abaixo para meter los pies en el agua helada del río Iso…

En la ida, el albergue de Pedrouzo, el último en el que pasamos la noche antes de entrar en Santiago por la Puerta do Camiño (hoy he vuelto a recorrer a pie ese tramo hasta la Catedral), estaba cerrado; a la vuelta, numerosos peregrinos hacían cola ya para coger sitio y pasar la última  noche antes de completar su camino. Al salir de Palas de Rei decidí seguir las indicaciones hacia San Xulián do Camiño. No sabía si podría llegar con la moto hasta allí, pero sí pude. No encontré, sin embargo, el camino por carretera hasta el albergue de Ribadiso, otro de los lugares más bonitos del camino. Allí, en San Xulián, dejé la moto junto al cruceiro y le pedí a una peregrina húngara que me hiciera la foto que deja constancia de que, como me prometí, he vuelto. Y no lo he hecho solo, que conmigo, aunque no se vea a nadie a mi lado, viajaban los recuerdos y la gente.

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