Oktoberfest (y III)

Oktoberfest (y III)

Los muniqueses se dividen en dos. Los que se levantan de madrugada para llegar al recinto del Oktoberfest a las 8 de la mañana y empezar a beber cerveza, y los que no van en los quince días que dura la feria de la cerveza en la capital bávara. Es verdad que el Oktoberfest es todo un espectáculo. Pero también es cierto que todo lo que se puede hacer en el recinto de Theressianweisse (¿se escribe así, Rubio, que ya tengo la guía guardada?), que no es otra cosa que beber cerveza (unos pocos de miles) y pasear buscando un hueco vacío en alguna mesa en la que sentarse a tomar una antes de marcharse del recinto sin haberlo conseguido (otros pocos de miles, diferentes a los primeros), se puede hacer en cualquier lugar de Múnich, y con más garantía de éxito.
Nos habían avisado de que era difícil encontrar espacio para beber una cerveza a partir de cierta hora; pero no de que era imposible, y mucho menos de que esa hora fuera las 8 de la mañana. Quede claro que no nos quedamos sin cerveza. Pero nos la tuvimos que tomar fuera. En jarra de litro, eso sí, como en el recinto del Oktoberfest. Y servido por camareras ataviadas con el tradicional traje bávaro (por cierto, que no a todas les sienta igual de bien), igual que dentro del Oktoberfest. Sin embargo, antes de esto, sí que hemos podido disfrutar del ambiente del festival. ¿Gente? A patadas, de no caberse dentro, ya digo, gente que va y viene y otra que se sienta en una mesa y no la suelta ni por error. La mayoría, hombres y mujeres, vestidos a la vieja usanza. Música en vivo (el público interrumpe cualquier conversación para corear el estribillo de alguna composición tradicional), un brindis tras otro, incluso con los desconocidos, todo a grito pelado, pues el ruido es ensordecedor… También tiene un parque de atracciones con noria, montaña rusa y puestos de tiro al blanco.

Las camareras (también hay hombres, aunque menos) son capaces de llevar en sus manos, que hayamos podido contar, hasta 10 jarras de cerveza de las de a litro. Y ellas mismas tienen que hacer cola para poder llenar las jarras, que luego llevan hasta las mesas a un ritmo frenético. No tienen precisamente buena cara, ni sonríen si les pides hacerte una foto con ellas. Sí lo hacen quienes se pasean por las distintas carpas instaladas por las principales bräuhaus (cervecerías) de la ciudad, o se sientan en los jardines de Teresa a contemplar el bullicio tras convencerse de que no será posible tomarse una cerveza allí.

En la famosa Hofbräuhaus (dicen las guías que se trata del bar más conocido del mundo; yo no lo conocía antes de ir a Múnich), donde parece ser que Hitler dio sus primeros pasos al poder allá por los años 20 del siglo pasado, pronunciando allí un discurso con vistas a la fundación del partido Nazi, el muniqués que estaba sentado a nuestro lado nos explicó que hay mucha gente de la ciudad que no va al Oktoberfest, entre ellos él mismo, pues para beber cerveza, comer y escuchar la música de una banda que toca canciones tradicionales bávaras en vivo hay muchos sitios en el centro que no llegan a masificarse como las carpas del Oktoberfest. En cualquier caso, una experiencia interesante. Muy interesante.

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