Los mil y un motivos para viajar a Granada

Los mil y un motivos para viajar a Granada

No hay una novia fea. No, al menos, el día de su boda. O vestida de blanco, como quien dice. En la Alhambra había varias hoy. Han posado entre los turistas, se han tumbado en el suelo en posiciones imposibles mientras su novio, ya su marido, las besaba cual Burt Lancaster recién salido del mar en De aquí a la eternidad, se han hecho fotos para el recuerdo… y todo por el mismo precio de la entrada.

Quizá piensen que su vida y la de su marido se van a fundir en adelante en una sola. Y se equivocarán. Porque vivir se vive solo. Por mucha gente que haya alrededor de cada uno en cada momento. Es igual que viajar. La vida como un viaje o a la inversa. Al final, la experiencia es personal e intransferible, como las sensaciones.

La Alhambra la hemos visitado cada uno por su lado. A nuestro ritmo, a nuestro aire. Sin prisas, pero sin rumbo fijo. Sólo hemos coincidido en la visita a los palacios nazaríes (el patio de los leones, recién restaurado, y todo eso). Yo he empezado por el Generalife, y Emilio por la Alcazaba. La Alhambra es, valga la redundancia, un complejo muy complicado de imaginar, pero muy fácil de entender. Por un lado, era fortaleza, la Alcazaba, con sus fuertes murallas y altas torres. Pero también era residencia de autoridades, que igual atendían la administración de la ciudad, que se retiraban a descansar al vergel del Generalife.

Es difícil, y más que difícil inútil, tratar de describir lo que encierran esos muros y esos palacios que se levantan en el monte de la Sabica. El que quiera disfrutarlo, que se acerque por Granada, que será bien recibido. Y que no haga caso de agoreros que braman contra el calor de agosto ni de los que alardean de mala follá granadina, que los hay, que en Sevilla tenemos malaje suficiente como para dejar en pañales al más desagradable de cuantos granadinos fueran.

Es una ciudad muy acogedora. Sinceramente. De todo hay, como en botica. Pero predominan los que te reciben con una sonrisa y con palabras amables y no me refiero necesariamente al personal de hotel. Y es también una ciudad relativamente barata. La costumbre de servir tapas con la bebida sin necesidad de pedirlas está muy bien. Y para los que tratamos de seguir, contra el pecado de la gula y la costumbre del buen vivir, una dieta saludable, tenemos la excusa perfecta para saltárnosla, porque ya que nos lo han puesto no hay por qué rechazarlo.

Veníamos con alguna recomendación (Bodegas Castañeda, La Corrala del Carbón…) y en otros sitios hemos entrado por pura intuición. Yo no recordaba su nombre, hasta que hemos entrado y allí, entre otras muchas, estaba la foto del gran Ramón Ramos colgada de su pared. Y, encima, tenían cerveza Cruzcampo glacial. Es el bar ‘Sevilla’, junto a la Catedral.

(Ayer tuve algún problemilla para subir fotos al blog; a la vista de esta entrada, resulta obvio que el problema está resuelto)

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