…lo que bien acaba (II)

…lo que bien acaba (II)

Ojo con retirar del equipaje el impermeable… Si la ropa de motorista es de cordura, aguantará más o menos bien. Pero si es de cuero, no está de más tener a mano un pequeño impermeable. No porque el agua vaya a traspasar la piel, pero la estropea. Porque si bien digo que frío no hemos pasado gran cosa, mojarnos nos hemos mojado algo. No demasiado, es cierto. Pero en un viaje de estas características uno tiene que dar por hecho que le va a llover. Nosotros hemos tenido suerte y sólo nos llovió en la etapa técnica entre Fussen y Dachau, no llegaba a cien kilómetros. En algunas otras etapas, antes y después de ésta, también nos cayeron algunas gotas, pero insignificantes.

Lo peor de la lluvia, los moteros lo saben, es que el suelo se moja, la moto pierde agarre, los frenos pierden eficacia… Se pasa mal. Pero en esos casos no hay que tener prisa. Es lo bueno de viajar en moto, que te mueves por donde quieres y cuando quieres. ¿Que atrasas un día tu marcha para no conducir lloviendo? De puta madre. ¿Que la adelantas para eludir la tormenta que se avecina? Pues lo mismo. El ordenador portátil con conexión wifi que llevábamos nos ha sido de mucha utilidad en este sentido. Cada tarde-noche decidíamos lo que queríamos hacer al día siguiente: consultábamos la previsión meteorológica, las mejores rutas… y con toda la información decidíamos. Y, además, nos permitía estar en contacto permante y gratuito con la familia y la gente que se había quedado en tierra en este viaje.

En cualquier caso: el viaje es para los viajeros. Hay fotos, claro, y vídeos, y un relato on line, pero ninguna de estas malas copias del viaje se puede acercar a lo que ha sido realmente. Circular por la Selva Negra, el parque natural de Donau o los Alpes ha sido úna experiencia impresionante. Ni el mejor vídeo, ni las mejores fotos, ni las palabras más acertadas podrán acercarse a describir la subida al puerto de Warth o los kilómetros que corrimos paralelos al lago Como, en Italia, o lo insignificantes que éramos nosotros y nuestras motos de casi 300 kilos junto a aquellos inmensos árboles de 40, 50 metros de altura, no lo sé, en la Selva Negra, o ese silencio estremecedor en los valles alpinos cuando parábamos a comer, que sólo el rumor interminable de algún arroyo o algún salto de agua próximo rompía, esos cauces de ríos que se adivinaban gigantescos en la primavera, tras el deshielo, esas galerías con vistas desde las que se podía apreciar el vértigo de las paredes verticales de los Alpes en Suiza o Austria…

(Continuará…)
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