…lo que bien acaba (I)

…lo que bien acaba (I)

Que levante la mano el motero que, conduciendo su moto con un sol lateral, no ha mirado, aunque fuera con el rabillo del ojo, su sombra recortada en el esfalto… Yo lo he hecho. Sobre todo en el epílogo del viaje, desde que dejé a Ferrán, compañero de viaje y nuevo amigo, en Barcelona, y continué mi camino solo hasta Sevilla antes de echar definitivamnte el ancla. Miraba a mi sombra y me gustaba lo que veía, a mí mismo feliz sobre mi pequeña moto, que se ha portado como una campeona tras recorrer miles de kilómetros por España, Francia, Alemania, Suiza, Austria e Italia. No se había quejado en todo el tiempo, ni yo tenía motivos de queja tampoco.

Miraba la sombra y veía el enorme equipaje sobre la silueta de la moto virtual mientras repasaba mentalmente su contenido… Las curvas en los Alpes y la selva negra, la sensación de libertad, el aire frío en la cara, los desayunos con nutella, las cenas con cerveza, los almuerzoas a base de bocadillos a la sombra de los inmensos árboles que habitan estos parajes, las risas a causa de las dificultades del idioma (como aquella vez que tratamos de hacernos entender casi con mímica para poder comer), los descuidos extravagantes (el móvil que perdió su vida en acto de servicio, la armónica que se olvidó en el asiento de la moto, las llaves que nunca más abrieron las maletas…), la gente que hemos conocido en el transcurso del viaje (el particular camarero griego, nuestra anfitriona en la sede del club de fútbol de Günding, la muchacha aquella que trató de explicarnos cómo se llegaba al cibercafé de Fussen, el camarero que sabía lo que era un carajillo pero no tenía café…), los mojitos de Estrasburgo, el Canadian Club de Neustadt, las salchichas de Múnich, el codillo de la Hofbräuhus, los bávaros vestidos de tiroleses durante el Oktoberfest…

Quizá el Oktoberfest haya sido lo menos importante de todo el viaje. No quiero decir decepcionante, que eso hubiera sido si nuestras expectativas hubieran sido otras. Pero habíamos hecho planes de pasar dos días en el Oktoberfest muniqués. Sin embargo, visto lo visto el primer día, precisamente el día de la inauguración (aunque nos han dicho que todos los días son iguales en este sentido), decidimos que ya teníamos suficiente… La cerveza en jarra de litro está muy bien como bravuconada festera, y no resulta mala idea, a tenor de lo que tardan en servirla. Pero al que le guste la cerveza le parecerá un despropósito eso de tener que tomarse casi la mitad caliente. Por que en septiembre hace calor en Munich. No es el calor de Sevilla, ni el de Barcelona… Pero frío, desde luego, no hace. Desconfiad de quienes os digan aquello de que en Centroeuropa ya está prácticamente nevando, que las temperaturas de allí en esta época son como nuestro peor invierno… Desconfiad, digo, porque, una de dos, u os están mintiendo (lo que no está bien) o no tienen ni idea (lo que quizá sea peor, por aquello de hablar sin saber y porque la mentira, en un momento dado, puede esconder alguna intención piadosa).

Pues eso, que en Alemania en septiembre frío no hace. No hay que olvidar que en todo el hemisferio norte, el verano termina el 21 de septiembre, por mucho que en las latitudes sureñas por las que yo me desenvuelvo las temperaturas veraniegas aún prolonguen su presencia más allá de esta fecha. ¿Que a cierta altura en los Alpes hace algo de rasca? Es normal. Pero tampoco es nada excepcional. Con una buena chaqueta de moto, con su forro, sobrado. Y unas bragas para el cuello, eso sí. Todo esto me lleva a repetir una máxima del viajero en moto: cuando creas que tienes en la maleta todo lo imprescindible… quita tres prendas. No las necesitarás y agradecerás el espacio más adelante. Que una postal no ocupa demasiado, pero una jarra de cerveza de recuerdo del Oktoberfest 2009, sí que ocupa lo suyo.

(Continuará…)
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