Las ragazzas y el elevatore

Las ragazzas y el elevatore

Como Alfredo Landa persiguiendo suecas. Mis suecas hablan italiano, que no es portugués, pero como éste en Portugal, el italiano es el segundo idioma más hablado en Torremolinos. El primero es el inglés. O el primero, al menos, con el que yo me topé sin esperármelo. El hombre, dublinés jubilado en Irlanda que se viene a la Costa del Sol a montar un negocio, ponía empeño. Pero del ‘hola’ no pasaba. Claro que la culpa es mía, que me eché a dormir y a la hora que había quedado con Sabrina y Alessandra, aún no había comido. Así que busqué el primer sitio abierto -será agosto, pero la hora de la siesta es sagrada también en la Costa del Sol- cerca del hotel y allí entré con la intención de comer cualquier cosa. No conseguí explicarle al hombre, pese al empeño que ponía, qué es cualquier cosa, así que me comí un bocadillo de english saussage with english mustard. Very hot, me advirtió el buen dublinés.

Y así, con el buche lleno y echando fuego por la boca me fui a buscar a las dos chicas italianas con las que había quedado. Una de ellas, Sabri, Bri para los íntimos, es mi principal lectora en el país de la bota. Y saber que alguien te lee siempre es agradable. Y conocerla, mucho más. Ale no habla español, aunque lo entiende… Presentaciones, café, besos (por cierto, anoten: los italianos se dan dos besos al saludarse, como en España, pero tocan primero sus respectivas mejillas izquierdas; conviene saberlo para evitar situaciones incómodas)… Ellas luego se fueron a la playa y yo, con algún retraso sobre lo previsto, a dormir mi siesta.

Pues sí, como Alfredo Landa en los setenta. Torremolinos no ha cambiado tanto. Los hoteles son de aquella época, tienen la decoración de aquella época y huelen como si fueran de aquella época. Y, para colmo, la señal de internet que ofrecen es de pago. Eso es algo que los hoteles deberían plantearse, que al precio que están los alojamientos, sobre todo en ciertas zonas, sobre todo en ciertas épocas, resulta muy ridículo y muy molesto para los huéspedes tener que pagar por el acceso a internet. No sé si han hecho cuentas, pero pagamos internet en el trabajo -a mí, cada mes, al menos, me llega un email de RRHH diciendo lo que le he costado a la empresa en gasto telefónico; tan ridículo como cobrar por usar internet en un hotel de cuatro estrellas, pero bueno-, en casa y en el móvil. Y encima tenemos que pagar por él en el hotel. (Aquí debería venir un emoticono de enojo, pero no sé cómo se hace).

Consecuencia: me he quedado sin batería en el móvil y he terminado pagando por acceder a internet desde la casposa habitación del hotel de cuatro estrellas Summa Fénix. Al menos, tiene acceso directo a la playa. Más o menos. He tardado sólo un día en descubrirlo. Claro que he estado sólo dos. El primer día no llegué a pisar la playa. Cuando estaba a punto de hacerlo, tras sortear por la calle San Miguel y el callejón del Tajo un desnivel de sesenta o setenta metros de altura y esquivar mil tenderetes de auténtico cuero de plástico chino -el olor, hay que reconocerlo, lo tienen bastante conseguido- y cuando enfilaba ya el último tramo hacia la playa del Bajondillo, sonó el teléfono: las italianas, que me llamaban para tomar algo antes de volver al hotel para cenar, cosas de traerlo tutto pagado desde casa en Monte Rotondo -discúlpame, Bri, si no se escribe así-, a unos veinte kilómetros de Roma. La continuación de la historia, o playa o italianas, se la pueden imaginar.

Pero al día siguiente estaba decidido a bajar hasta la playa. Yo soy de secano, pero ya que había llegado hasta allí, que menos que pasear por la arena sintiendo el agua fría de la mañana mojándome los pies… Le pregunté a la recepcionista del hotel el camino más directo para la playa y me dijo que el ascensor, nueve plantas más abajo de donde en ese momento me encontraba. Y era verdad, allí, a cincuenta metros del escensor, entre las sombrillas, hallábase el Mediterráneo. Y hacia allí que me dirigí. La arena no estaba muy caliente a esa hora, relativamente temprano, sandalias en la mano y pies por la orilla para sentir el agua del mare nostrum…

Sus muertos, la de piedras que tiene la jodida playa. A tomar por culo la arena, el paseo hasta la Carihuela lo terminé dando por el cemento del paseo marítimo. Luego regresé por el mismo sitio hasta la misma playa del Bajondillo, donde me paré a tomarme un espeto y un vaso de gazpacho, con dos cervezas bien frías. Las italianas seguían en el hotel almorzando el bufé que les había colocado el turoperador. El encargado me pasó para que firmara el manifiesto de defensa de los chiringuitos. Y así hice. Desconozco los detalles de la polémica, pero no estoy seguro, mirando las toneladas de hormigón que se levantaban a mi espalda, de si el problema son los chiringuitos o es que la solución ha llegado demasiado tarde, pero bueno. Después de comer el espeto y beberme el gazpacho y las cervezas, aquello me parecía lo más cercano a la gloria. Hasta que llegó la cuenta. La próxima vez te va a firmar tu p… (Nota: tuve mala puntería, en Torremolinos hay sitios en los que se come muy bien y a precio muy razonable).

Y no ha hecho calor ni nada, cagoentó. El propio de Sevilla, con la humedad del Mediterráneo. Hablando con Sabrina me he acordado de Silvio I y único, rey de los rockeros. Era a propósito del calor y de su canción Sureños, cuando dice que aquello de que «somos víctimas propicias de una antigua maldición, hemos de ganar el pan con el propio sudor; menos mal que aquí en Sevilla, la vida tengo ganada, porque con tanto calor sudo aunque no haga nada». Y ahora que me he decidido a pagar una hora de acceso a internet, sigo acordándome de Silvio y parafraseo otra canción suya para titular esta entrada. Tú sabrás disculpar mi herejía.

Y la moto… En la puerta del hotel, aparcada desde que llegué. Queden con Dios.

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