La rectitud del camino

La rectitud del camino

Decíamos ayer, como hubiera dicho Fray Luis de León, junto a cuya estatua en el barrio del Castillo de Cuenca nos hemos fotografiado tras dejar aparcadas las motos en el punto de la ciudad más alejado de cualquier sitio que hemos encontrado, digo que decíamos ayer que a Cuenca hay que venir, que no coge de paso hacia ningún sitio. Pero aunque sea por accidente, la visita merece la pena. La nuestra ha sido -está siendo, ahora estamos en la cafetería Morgan tomando un cubatita, las motos se han quedado en el hotel- una visita relámpago, pero suficiente para descubrir algunos de los encantos de esta bella ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Por cierto, que Patrimonio de la Humanidad y todo, el tráfico rodado, público y privado, circula sin restricciones por la zona monumental y nadie se rasga las vestiduras por ello. Pero ésa es otra historia.

Los encantos de Cuenca van mucho más allá de las Casas Colgadas, que a mí, sinceramente y con todos los respetos, me han resultado un poco vulgares. Si las balconadas, construidas en el siglo XIV, no se sostuvieran sobre el vacío del tajo que recorre el río Huécar, afluente del Júcar que tantos cuadros inspiró al pintor conquense Fernando Zóbel, no nos llamarían tanto la atención. El tajo recuerda al de Ronda. Comparar ciudades implica ser injusto. Tómenlo sólo a modo de descripción. Decía que Cuenca recuerda a Ronda por el tajo y sus puentes, al barrio lisboeta de Alfama, por las cuestas laberínticas que conducen hasta el castillo, y también al callejón del oro de Praga, por los colores brillantes con que están pintados los edificios de la Plaza Mayor.

Viajar es descubrir. Así que no os desvelo nada más de Cuenca. El que quiera, que se pase por aquí. Nosotros, hoy, hemos recorrido unos 580 kilómetros para llegar desde Sevilla y poder probar el tradicional morteruelo, una especie de paté realizado con carne de caza de la zona… No está mal. Pero tampoco es nada del otro mundo.

Siete horas, inculidas las paradas, hemos tardado en llegar. El desayuno lo pagó Emilio, como casi siempre. Con un agravante: esta vez llegó al punto de partida sin haber llenado el depósito de gasolina de la moto. Peor para él. Ha pagado 1,52 euros por litro. Prometo no volver a referirme al precio de la gasolina en lo que resta de viaje.

Hemos hecho dos paradas cortas, de 15 minutos a lo sumo, para repostar y tomar una coca cola, y otra más, un poco más larga, para comer algo. Los primeros 500 kilómetros han sido por autovía. Sin peaje. Bien. Más o menos. Porque la conducción por autovía en La Mancha se hace en algunos momentos soporífera. El GPS indicaba que no había que «girar» en 94 kilómetros. Literal. Trazado de tiralínea. Y el paisaje, a un lado y otro, amarillo pajizo. Ni una sombra en el horizonte. Conforme nos alejábamos de Andalucía, más calor. Y el mismo paisaje desértico. He cruzado por primera vez el paso de Despeñaperros tras la remodelación y me ha encantado. Ni una curva. Ha ahorrado al menos tres cuartos de hora, calculo.

El amarillo pajizo se rompía de vez en vez por el verde intenso de las viñas en plenitud, a pocas semanas del inicio de la vendimia. Al dejar la autopista, un cartel indica 68 kilómetros hasta Cuenca. La primera vez que aparece señalizada la ciudad encantada. Por fin algo de curvas, carretera de doble sentido, bosques, baches y la Guardia Civil. ¡Qué me gusta que me hagan soplar cuando no he bebido!

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