En la sierra de Gredos (III)

En la sierra de Gredos (III)

El camarero no se lo podía creer. Llevaba años esperando una oportunidad así. No había servido nunca una cerveza como aquellas tres que nos puso a nosotros. Le habíamos pedido tres jarras, pero no le quedaban. Sin embargo, sí tenía otros vasos un poco mayores, que nos ofreció y le aceptamos… «Me hace más ilusión a mí servíroslas que a vosotros tomároslas», nos decía. Estaban preciosas las tres, con su corona de espuma blanca, su brillante color dorado, más brillante aún por efecto del reluciente sol, las gotas de agua producto de la condensación en el frío cristal… Cervezas de un litro, pero no litronas. Uno de los motoristas duda: «Tenemos que conducir». Otro le responde: «Aplica la costumbre alemana: una cerveza es una cerveza». Risas. Fotos. «Sonríe, saca la lengua…». La lengua nos la sacó, y los cuartos, el camarero cuando por esas tres cervezas y una jarra de las pequeñas de medio litro nos cobró 23 euros. También de eso nos reímos.

Y cuando hicimos la barbacoa, joder, sí que nos reímos. Todo el día pensando en la barbacoa. La habíamos visto en el patio de la casa, teníamos leña, la noche anterior había sido espléndida, aún nos quedaba ron, hielo, limón y coca cola para después. Compramos dos kilos de tomates en el supermercado, que abría incluso los domingos, nos dijeron. Y pimiento, un pimiento rojo precioso, brillante, carnoso. Y una cabeza de ajo. Y aceite de oliva, que habíamos comprado por la mañana, junto al pan del desayuno y un poco de jamón para las tostadas. Y vinagre. Sal había en la casa. Y nos pusimos a hacer un salmorejo para acompañar la barbacoa. Y preparamos también un majado con ajito, sal y aceite para la carne de la barbacoa. Y encendimos el fuego, y esperamos a que la llama desapareciera y la leña se hiciera brasas… Y pusimos la carne.

Habíamos comprado costillas. El carnicero abrió la carnicería para nosotros y nos ofreció un costillar. Dos kilos nos llevamos. Alguno pensó que eran de cerdo hasta que había dado ya cuenta de alguna. Pero eran de ternera. De una ternera que debió de morir de vieja, porque estaba dura como un leño y nervios tenía para desesperar al comensal más tranquilo. La cena había empezado bien: un poco de queso, el salmorejo con una guarnición de jamón y huevo duro, riquísimo. La cosa prometía, pero la realidad fue que la carne era difícil de comer. No teníamos ni cuchillo para cortarla. Sobró bastante, la verdad. Pero también nos reímos.

Los que cenaron solos el viernes también se rieron mucho cenando. Tenían huevos y chorizos, pero no se sabe qué tenía el chorizo, que al día siguiente la cocina parecía la de una película de terror, todos los azulejos salpicados de rojo. Con huevos y chorizos, no da la impresión de que fuera una cena muy romántica… Pero no había testigos.

El sábado descubrimos que el pueblo, además de un bar, una carnicería y un supermercado, también tenía un pub, con su mesa de billar y todo. Hablamos de tomar una copa allí por la noche, pero al final nos quedamos en casa, apurando la botella de ron en una velada maravillosa en la que las risas daban paso a conversaciones más serias, y otra vez las risas, y bromas, y chistes malos y alguno bueno, y algún que otro susto, cuando la luz de la cocina se apagaba sola, todo ello con el chisporrotear del fuego como música de fondo, mientras buscábamos la luna, que se nos ocultaba caprichosa por entre los árboles, o jugábamos a adivinar qué luces rojas eran aquellas que iban y venían, o intentábamos descubrir en las fotos personajes del más allá que no eran sino fruto de nuestra imaginación.

En esos momentos uno se termina desvelando tal como es ante gente a la que acaba de conocer. Pero la sensación es que los conoce de siempre. Ha dormido con ellos, ha conducido su moto con ellos, ha compartido mesa con ellos… Ya forma parte de su vida, y ellos de la suya. De cada uno. De la de todos.

(Continuará…)
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