En la sierra de Gredos (I)

En la sierra de Gredos (I)

En las enciclopedias no se acierta a atinar con el verdadero ser de la Sierra de Gredos. En ellas se habla de Cuaternario, de glaciaciones, de fallas… Pero no se hace mención a sus carreteras de amplias curvas, ni a su condición de punto de encuentro. En el centro de la Península Ibérica, hay un punto equidistante de Burgos y de Sevilla, de Badajoz y de Madrid, casi creado para perderse, para aislarse, para detener el tiempo aunque sea por unas pocas horas. No tiene wifi, claro, ni cobertura para el móvil. Tiene un bar, un pub, una carnicería y un supermercado que abre hasta los domingos. Y tiene cuatro motos aparcadas en la puerta de una casa que fue de un médico.

La casa está entre las provincias de Cáceres, Salamanca y Ávila. No hay mar cerca, pero sí un Barco. Y ríos, muchos, en los que la gente se baña a falta de mar. Ríos de agua fría, para gente de sangre caliente. Y un castillo en el que canta Miguel Ríos, y un puente románico y un pueblo de postal en Candelario y un circo de piedra en el que manda un monte con el nombre del moro Almanzor, que amplió el califato de Al-Andalus hacia el norte, desde Coimbra hasta los límtes de lo que hoy es Navarra.

Es julio y en esta tierra de granito y ventisca hace muy buen tiempo. Hasta calor. En la estación de la Covatilla no hay nieve, pero las balizas que bordean la sinuosa carretera ofrecen una clara imagen de cómo las cosas son diferentes en invierno. Las pistas de esquí se dibujan en verde sobre el monte desnudo que buena parte del año dormita bajo un manto blanco. La subida es exigente para las motos. La bajada, aún más. Once kilómetros de curvas para trazar en segunda y hasta en primera, que salvan una diferencia de altitud de más de 700 metros. Es la sierra de Béjar, la parte más occidental de la serranía de Gredos. El paisaje es espectacular desde la altitud. Ni una nube en el cielo, la luz es limpia y permite contemplar la vista que se nos ofrece desde esa altura.

Por lo general, las carreteras son sinuosas, pero no mareantes. Las curvas están hechas para las motos custom. Suficientemente amplias para que recorrerlas no sea estresante para el motorista, sino todo lo contrario, un verdadero placer. Zonas boscosas conforme nos acercamos a Navalonguilla, donde nos damos un baño en las frías aguas de la Garganta de los Caballeros, un afluente del Tormes. El paisaje se vuelve más granítico de regreso hacia El Barco de Ávila. En el horizonte se aprecian las consecuencias de un incendio en cuya extinción participan varios helicópteros y alguna avioneta. Afortunadamente, no debió de ser muy importante; al día siguiente, en el periódico no venía una sola línea del suceso. Mejor así.

(Continuará…)

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