El día que soñé con tener un Carmen Laffón en casa

Ha muerto Carmen Laffón. Su cuerpo menudo y frágil encerraba a una artista inmensa. Descanse en paz, en esa misma paz que nos transmitió con su pintura.

Los escaparates de las galerías de arte son como museos de andar por la calle. Es lo que hacía aquel día, hace algún tiempo ya, mientras en mi cabeza amueblaba la vivienda que pronto íbamos a habitar. En mis pensamientos peleaban muebles de Ikea y el color de un suelo aún por poner, los pomos de las puertas nuevas y las posibilidades limitadas y al mismo tiempo infinitas de distribución que ofrece un piso de 70 metros. Los violentos intereses de la hipoteca se abrían a codazos espacio en aquel paraíso de creatividad que es convertir en habitable una vivienda que llevaba vacía más tiempo del deseable.

Paseaba por la calle, ya de anochecida, cuando los albañiles han dado de mano porque no hay luz para seguir trabajando en una obra sin electricidad, repasando mi agenda mental de reuniones con el banco, llamadas al constructor y escapadas nada románticas al Leroy Merlín en busca ora del suelo, ora de unas cortinas que nunca pusimos, ora de una herramienta que se usó, tal vez, una sola vez…

Entre las preocupaciones, que no eran pocas, una boda tras un año de rápido noviazgo, y un despido tras 18 años de obcecada entrega. La muerte es dolorosa, sí, pero liberadora. Aquel despido, paradójicamente, nos permitió afrontar el pago de una hipoteca en unas condiciones razonables. Todo lo razonables que pueden ser las condiciones de una hipoteca.

En medio de aquella oscuridad, de repente, se hizo la luz. Aquel paisaje de azoteas bajo el cielo azul entreverado de nubes blancas de la ciudad cuyos adoquines pisábamos, emergía del lienzo desnudo del escaparate. Recuerdo la paz que lo acompañaba, la calma que producía su contemplación, esa soledad amable de azoteas vacías en edificios que se adivinaban habitados, por la ropa tendida y las antenas de televisión. Un sueño de quietud en medio del ajetreo diario.

El encargado de la galería nos confirmó que trataba de un cuadro de Carmen Laffón. Uno de esos cuadros que pondrías en tu casa, si pudieras. El tamaño era perfecto. Soñaba imaginándolo presidiendo una de las paredes principales de la vivienda. Pregunté el precio. No era muy caro, desde luego. Pero con tantos gastos no podía permitirme en aquel momento pagar los doscientos euros que me pedía el galerista por lo que yo daba por hecho que era una reproducción.

«Es original», me dijo el hombre. «No puede ser», le contesté. «Sí, sí, lo es». La sangre se me vino de repente toda a la cabeza, noté que me ardía. ¿Doscientos euros? ¿Carmen Laffón? ¿Original? Es un sueño, no puede ser realidad. Miraba a mi mujer y le preguntaba, incrédulo, si habíamos entendido bien. Pensé que las cortinas y alguna cosa más podían esperar, buscando el dinero que unos minutos antes había decidido que no tenía.

El cuadro seguía colgado en el escaparate. Ante mi incredulidad, el señor que me atendía entró, dijo, a por el certificado que acreditaba su originalidad… Pero en vez de regresar con él lo hizo su jefe, el propietario de la galería. Y sin certificado alguno. «Lo siento, ha habido una confusión. El cuadro del escaparate es una reproducción. Comprenderá que a ese precio no puede ser un original».

Fue una manera brusca de despertar del sueño. Pero reconozco que había sido uno de esos sueños que mientras soñamos sabemos que lo son. Me viene a la memoria esta anécdota, de la que me río cada vez que me acuerdo, el día que hemos conocido la muerte de Carmen Laffón. Me la presentaron una vez en un acto público. No puedo decir que la conociera. Pero me transmitió la misma paz y la misma calma que transmiten sus cuadros. Su cuerpo menudo y frágil encerraba a una artista inmensa, que no voy a descubrir a nadie ahora. Afortunadamente, nos queda su obra. Descanse en paz, en esa misma paz que nos transmitió con su pintura.

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