Castillos

Castillos

Viajar es descubrir. Descubrir y emocionarse. Todo lo demás es otra cosa. Sin descubrimiento no hay viaje. Sin emoción, tampoco. Se paseará, se hará senderismo o se irá de excursión, incluso se podrá hacer turismo. Pero hacer turismo (por muy lejos que esté el lugar en el que se decida hacerlo) y viajar tampoco son la misma cosa, aunque en ocasiones puedan coincidir en una misma persona, un mismo lugar y un mismo momento. Nosotros hemos hecho un alto hoy en el viaje para hacer turismo: hemos guardado colas, hemos comprado dos entradas, hemos pagado dos billetes de ida y vuelta del autobús que nos llevaba desde las tiendas de souvenirs a un punto próximo (más o menos; el resto, andando) a uno de los monumentos más visitados de toda Baviera, en torno a 1,3 millones de visitantes al año, hemo cogido nuestras audioguías en español y nos hemos dejado llevar en grupo como borreguitos por las principales dependencias del castillo de Neuschwanstein, a unos cinco kilómetros de Fussen y a unos die, aproximadamente, de donde dormimos esta noche.

El edificio es espectacular, la verdad. Y la historia de amor de su iluminado promotor, Luis II de Baviera, a la música de Wagner y a las leyendas románticas en torno a las que versaban sus óperas, aun cuando pueda resultar un tanto friki tiene su gracia. El rey bávaro quiso construir en pleno siglo XIX un castillo a la imagen y semejanza de los castillos medievales de la región, y se gastó tanto dinero en él, que poco antes de que terminaran sus obras fue desposeído del trono tras ser declarado loco, lo que probablemente era cierto. Murió pocos días después, a sólo unos cientos de metros del castillo de sus sueños, que nunca llegó a habitar, en extrañas circunstancias. Algunos historiadores mantienen que se quitó la vida…

Hay ue ver cuánto he aprendido de la historia de Baviera en sólo cuarenta minutos de visita… Esto es turismo: puro entretenimiento, una historieta que puede resultar divertida desde la atalaya de quien cree que se puede conocer toda Europa en sólo 15 días. Está bien, sí… pero no deja poso alguno. En poco tiempo habremos olvidado quién fue Luis II de Baviera, cómo se llamaba ese castillo tan bonito que estaba cerca de aquel pueblo en el que cenamos en un restaurante atendido por aquella rubia tan guapa, que hasta nos dijo su nombre, que habremos igualmente olvidado.

Pero no olvidaremos las emociones. El Castillo de Neuschwanstein impresiona, por su belleza, por su espectacularidad, por su entorno. Pero no emociona. Recuerda a aquellos Exin Castillos con los que de niños jugábamos a hacer como este rey bávaro, construyendo un castillo de ensueño para imaginar en torno a él las vidas que nos hubieran gustado que fueran nuestras, de caballeros y princesas, como Luis II quería vivir la vida de Tristán e Isolda en su castillo. Pero sí emocionan, por el contrario, y no sabéis cuánto, esos otros castillos, fortalezas inexpugnables de roca y vegetación, adornados con tapices perfectos de verde pradera que uno contempla desde la carretera con un deseo casi irrefrenable de rodar por alfombras tan perfectas. Castillos de murallas pétreas y altas torres nevadas, en los que uno quisiera quedarse a vivir para siempre, como Luis II quería quedarse en Neuschwanstein. Son los Alpes.

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Nota: El primer acercamiento ha sido por Austria. Al poco de salir de Oberstaufen cruamos la frontera y fuimos ganando alttud (¿quién ha dicho que las carreteras de montaña tengan que ser pequeñas y peligrosas?) por Egg y Mellau, hasta el puerto de Warth. Y de ahí a Reutte, Fussen yNeuschwanstein.

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