Casado y feliz, como una perdiz

Casado y feliz, como una perdiz

¿Conocen ustedes a Víctor, verdad? Es éste, el que se acaba de casar. Se parece a mí, lo sé. Pero yo aún resisto. De niño decía, hablo de él no de mí, que no se iba a casar. De verdad. Además se enfadaba si le llevabas la contraria. Y, ahora, ahí lo tienen. Casado y feliz como una perdiz. Perdón por la rima fácil, realmente no sé qué tienen estas aves que las hagan tan felices… Quizá lo que todas las aves, la capacidad de volar libres hacia donde les plazca.

Víctor también ha volado, y mucho. Últimamente con Ryanair, pero a las compañías aéreas se las conoce a casi todas. Son muchos años, ya, los que lleva viviendo en Inglaterra, que a muchos de ustedes les parecerá lo más normal. Pero para otros muchos de los que están aquí y de los que les hubiera gustado estar aquí pero que no han podido venir les parece que está muy lejos.
Es verdad que hoy las distancias hay que medirlas en tiempo y no en kilómetros. O en millas, que estamos en Inglaterra. Se tarda más, desde Sevilla, en llegar a Almería que aquí, a Ely. Digo en llegar, no en quedarse. Víctor ha tardado doce años en quedarse. Hasta hace no mucho, creo que Víctor, en el fondo, también, pero sobre todo su familia confiaba en que algún día recogiera el petate y se volviera a España. Ahora ya parece poco probable. Y de eso, tú eres la culpable, Anna. Bueno, tú, y la investigación en España, que es escasa y está muy mal pagada.
Porque Víctor es el científico de la familia. Químico. Me acuerdo que me costó horrores explicarle al policía de Manchester que me sacó del avión la primera vez que vine a visitar a mi hermano a Inglaterra (entonces él vivía y trabajaba en Durham) que lo que él creía un artefacto explosivo era una cafetera que le traía a mi hermano, que era ‘chemical investigueitor en durjam’. O me entendió al final o lo dejó por imposible.
Y no sé por qué fui el único del pasaje de aquel vuelo al que la policía británica hizo abrir su maleta. Tal vez por lo mismo por lo que mi hermano, cuando envió a unos amigos suyos a recogerme a la estación les dijo, para que me identificaran, que yo era como el hombre lobo. ¡Víctor, por Dios, que somos gemelos! Hubiera bastado con que les dijeras que me parecía a ti…
En fin. Sí, Víctor es ‘Chemist’, ¿lo he dicho bien? La verdad es que le tengo bastante admiración. Más que nada por su capacidad para estudiar, por su perseverancia, por su constancia. Conste que es muy posible que yo eligiera el camino de las Humanidades para dejar de compartir pupitre y libro con él. Yo iba sacando bien los estudios, primero en el instituto, luego la carrera… Sin problemas. Pero desde luego yo no tenía la capacidad, el tesón ni la paciencia que tenía Víctor, que desde el primer día se imponía una férrea disciplina de estudio, aunque en sus apuntes sólo tuviera el horario de cada asignatura que nos daban el primer día de clase. Eso sí, se lo aprendía y no se lo volvía a mirar en todo el año. No, en serio, admiro su capacidad para el estudio. Yo sabía que iba a llegar lejos… Y ya ven, a Inglaterra que se vino.
De eso hace ya doce años. Y ahora se le ve contento, feliz y casado. Pero no siempre fue todo tan bonito. Al principio fue duro. Recuerdo que cuando se vino de España, al poco tiempo se había gastado ya todos sus ahorros y todavía no había cobrado su primer sueldo. En España aún existían las pesetas y la libra, en el Reino Unido, estaba mucho más cara, al cambio, de lo que está ahora.
Me llamó por teléfono, llorando, agobiado, para que le enviara dinero sin que se enteraran mis padres. Y yo, que entonces era ya un partidito, un tipo simpático, agradable, con trabajo estable y generoso (lo sigo siendo) le puse una transferencia. Me devolvió aquel préstamo en botellas de whisky. Whisky de malta, por supuesto…
En fin, tampoco voy a descubrirles yo quién es Víctor. Algunos lo conocemos de una época anterior a ésta que está viviendo, y otros lo han conocido ya en este tiempo. No creo que haya cambiado demasiado. Estoy seguro de que Víctor sigue siendo hoy, como ayer, un poco gruñón, bastante cabezota y un soso de cojones. Porque, Anna, yo no sé cómo lo habrás hecho, pero bailando seguro que no lo has conquistado. Ni él te habrá conquistado a ti por sus dotes culinarias, por muy cocinillas que él se cree que es… ¡Cuánto daño ha hecho el Imperio Británico a la dieta mediterránea!
Quitando eso y que no le ha dado a la vejez por meterse a rockero ni dejarse el pelo largo ni lanzarse a la aventura de cruzar Europa en moto, es buen tío. Gruñón, cabezota y soso, pero buen tío. Lo lleva en sus genes. Es Díaz por parte de padre y Pérez por parte de madre, ¿cómo no iba a serlo? Así que me callo ya y dejo que siga la fiesta. Víctor, hablo en nombre de todos: te queremos y deseamos que seas feliz junto a Anna.

Ah, y papá y mamá quieren más nietos, así que tú verás…

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